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Gatsby
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las mártires de la caridad y a las seráficas vírgenes quebrillan en el cielo como claros
luceros! ¡Perdón, Jesús mío, perdón!
Mas aquel osado deseo no quiso apartarse de su espíritu y continuópersiguiéndola
sin que a pesar de muchos esfuerzos lograse desecharlo.Ella no era digna de tanta
gloria, bien lo sabía, pero su deseo erahijo del amor que el divino Jesús le había
infundido en el pecho; desuerte que no era ella, sino el mismo Jesús el autor de este
deseo. Sino la hubiese abrasado en su celestial afecto y empezado a otorgarfavores tan
gratos como inmerecidos, nunca le hubiera venido a la cabezaidea tan disparatada.
No, no pedía tanta gracia, tanto consuelo; lebastaba con lo que Jesús se dignase darle,
con algunas migajitas de suamor inmortal. Se consideraría la más dichosa de las
vírgenes del cielosi al cabo de largos años de oración y penitencia, de amarguras
ytribulaciones, Jesús le consintiera poner los labios una sola vez en sudivino rostro.
¿Oh Jesús mío, será pecado el pedir esto? ¿Podrá merecerjamás esta ruin criatura un
gozo tan infinito?
Alzó los ojos. Jesús, con su nimbo dorado que brillaba entre las sombrasreflejando
la última y triste claridad de la ventana, y su luenga túnicade infinitos pliegues,
extendía las manos hacia ella, clavándole almismo tiempo una mirada dulce y
profunda. Corrió por sus venas unasensación de frío cual si se sintiera próxima a la
muerte; pero alinstante fue substituida por otra de calor intenso que la hizo sudar
portodos los poros del cuerpo. Comprendía vagamente que se estabaefectuando un
adorable misterio a su vista, y un santo temor lasobrecogió. El gabinete estaba
envuelvo en la sombra: las ventanasparecían grandes ojos opacos que miraban por sus
muros. Unenternecimiento suave y lánguido apoderose de su ser y la inundó
defelicidad. Desapareció el temor. Entraba en ella la certidumbre de serquerida por
Jesús, de ser la amada de un Dios. La ternura, laadmiración, la dicha rebosaban de su
pecho y ya no pudo apartar los ojosde los del Señor, bebiendo en ellos el misterio e
inefable deleite de lagloria.
El mismo deseo se presentó de nuevo en su mente. Esta vez lo formuló conpalabras,
cuyo aliento cálido resbaló por sus manos cruzadas delante dela boca.
—Jesús mío, ¿permitiréis a vuestra sierva poner los labios en vuestradivina
persona?
Jesús se inclinó aún más. María sintió que los cabellos se le erizaban yel corazón
quería salírsele del pecho. Jesús había hablado. Su vozpenetró como una música en el
alma de la joven, que se creyó muerta ytrasladada al cielo.
Jesús había dicho:
Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven.
 

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