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Gatsby
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De aquella muchedumbre salió un suspiro apagado de fatiga y de rabia.Hubo
silencio durante un momento, como tributo rendido a sus esperanzasmuertas. Nadie se
movía de su sitio. Al fin uno dijo en alta voz:
—Señores, buenas noches y divertirse. Me voy a la cama.
Este saludo les sacó de su estupor. Los grupos empezaron a disolverselentamente,
no sin lanzar coléricas exclamaciones. Algunas personas sealejaron caminando dentro
de los soportales. Otras atravesaron la plazacon los paraguas abiertos. Los menos,
permanecieron en el mismo sitiohaciendo interminables comentarios sobre lo que
acababa de ocurrir. Alfin quedó una media docena de curiosos, que, fatigados de
murmurar enaquel paraje, se fueron a hacer lo mismo al café de la Estrella.Mientras
salvaban la distancia que mediaba entre el soportal y el café,una voz irritada, la
misma que había protestado contra la mala educaciónde aquel pueblo, decía con más
cólera aún:
—¡Siempre he dicho que no hay perros peor enseñados que los de estavilla!
II
EL SARAO DE LOS SEÑORES DE ELORZA
—¡Qué lástima, Isidorito, que usted no hubiese estudiado para médico!¡No sé por
qué se me figura que habría de tener usted mucho ojo para lasenfermedades!
El joven se ruborizó de placer.
—Doña Gertrudis, me honra usted demasiado; no tengo otro mérito que elde
fijarme bien en lo que traigo entre manos, lo cual me parece deabsoluta necesidad en
cualquier carrera a que uno se consagre.
—Tiene usted muchísima razón. Lo primero es fijarse en lo que se tienedelante y no
andar pensando en musarañas. Y si no, aplique usted elcuento a don Máximo. No se
le puede negar mucha sabiduría y buen deseo,pero tiene la desgracia de no fijarse en
nada de lo que le dicen, y poreso no da casi nunca en el clavo. ¿Quiere usted decirme,
Isidorito, cómoes posible que acierte a curar un hombre que cuando el enfermo le
estácontando lo que padece se pone a tajar un lápiz o a tocar el tambor conlos dedos?
¡Usted no sabe lo que yo he sufrido por su causa! ¡Que Diosno le tome en cuenta el
mal que me ha hecho! Mi marido le quieremucho... y yo también, no vaya usted a
creer... En medio de todo es unbuen sujeto, y hace veinticuatro años que entra en casa;
pero hay quedecir la verdad aunque cueste trabajo: el pobre señor tiene la desgraciade
no fijarse..., de no fijarse poco ni mucho.
—Exacto, exacto. Don Máximo carece, a mi juicio, de las dotes deobservación
indispensables para el arte que ejercita. Quizá se sorprendausted de que califique de
 
 

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