—¡Oh, se conoce que no estás acostumbrado!... Te vas a lastimar; damela mano que
yo te guiaré.
Tomó la mano de la niña, que era pequeña, pero firme y segura como la deuna
amazona. No tenía la suavidad del raso como las de María, porque lostrabajos de la
casa le habían curtido un poco; en cambio ofrecía latersura amable de una epidermis
rebosando de salud y de sangre. Noestaba ardorosa tampoco como aquélla, sino
siempre tibia y serena, yapercibida a toda molestia como las de una hija del pueblo.
El joven marqués no pudo hacer estas observaciones, porque marchabaatento
solamente a no caerse. Entraron en un desván, débilmenteesclarecido aquí y allá por
algunos delgadísimos rayos de sol, que porlos intersticios de las rejas se colaban.
Después de caminar un rato,Marta soltó la mano, diciendo:
—Aguarda ahí; voy a abrir la ventana.
Y escapándose con ligereza subió media docena de escaleras que tenía labuharda y
abrió de par en par la ventana. Una ola de luz viva, intensa yconsoladora invadió
súbitamente todo el desván y deslumbró a nuestrojoven.
—¡Aquí está, aquí está el Menino!—gritó Marta desde arriba conentusiasmo—.
¡Está muy cerca!... ¡Menino! ¡Menino!... ¡Ven acá,tonto!... ¡Toma, toma!... ¿No me
conoces?...
El Menino, que se hallaba a seis u ocho pasos de distancia, al oír lavoz de su dueña,
ladeó la cabeza con gracioso movimiento, como paraescuchar. Los rayos del sol que
caían de plano sobre él bañaban suplumaje amarillo, haciéndole resaltar de tal suerte
sobre el color rojodel tejado, que parecía un pedacito de oro animado. Dio tres o
cuatrobrinquitos en son de acercarse a Marta y dijo pi... pii.
—¿Quieres que suba a ver si le cojo?—preguntó Ricardo.
—No; aguarda un poco..., parece que viene él... Menino, Menino..., venacá,
mono..., ven acá..., toma...
El Menino dio otros tres o cuatro brincos, acercándose, y se paró,ladeando otra vez
la cabeza para escuchar. No es fácil saber lo queentonces pasó por su cerebro; algo de
ruin y de bajo y de deshonrosopara la raza a que pertenece debió de ser, porque
olvidando en un puntolos cariñosos cuidados de su ama, sus continuas caricias, los
muchoschocolates que con ella compartió, el regalo de los bizcochos y loscopiosos
tarros de alpiste, se espulgó con grande indiferencia ante suvista, dijo varias veces pii,
pii, con cierta sorna, y abriendo lasalas se tendió por el espacio yendo a perderse entre
el follaje de lashuertas vecinas.
Marta lanzó un grito de dolor.
