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Gatsby
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Y velozmente sacó todas las sortijas de los dedos, se arrancó lospendientes de las
orejas y depositó el puñado de oro y pedrería a lospies de Jesús. También Santa
Isabel, cuando oraba en la iglesia,depositaba la corona ducal al pie del altar.
Volvió a la misma actitud humilde, y Genoveva, viendo que no podía pasarpor otro
camino, empezó a macerar sin duelo las carnes de su piadosaama. El quinqué
despedía luz tibia y difusa, que bañaba el pequeñogabinete de una claridad discreta.
Sólo al reflejarse en las joyas queyacían a los pies del Redentor lanzaba hermosos y
fugaces destellos. Elsilencio en aquellas horas era absoluto: ni aun el viento dejaba oír
suvoz plañidera en las ventanas. Respirábase en el cuarto una atmósfera demisterio y
recogimiento que enajenaba a María y la penetraba de unplacer embriagador. Su
hermoso cuerpo, desnudo, se estremecía cada vezque cruzaban por él las correas de
las disciplinas con un dolor noexento de voluptuosidad. Apretaba la frente contra los
pies delRedentor, respirando ansiosamente y con cierta opresión, y sentía latiren sus
sienes la sangre con singular violencia, mientras el dorado ysutil vello de su nuca se
levantaba de un modo imperceptible a impulsode la emoción que la embargaba. De
vez en cuando sus labios, pálidos ytrémulos, decían en voz baja:
—¡Sigue, sigue!
Los azotes habían dejado ya algunos surcos de color de rosa en sucándida
epidermis, sin que hubiese pedido tregua. Mas llegó un instanteen que el bárbaro
instrumento hizo saltar sobre ella una gota de sangre.Genoveva no pudo contenerse;
tiró las disciplinas muy lejos y se arrojóllorando a abrazar a su señorita, cubriéndola
de caricias y pidiéndole,por la salvación de su alma, que no la obligase a hacer
semejanteatrocidad. María la consoló, asegurándole que le había dolido muy pocola
flagelación. Y ya un tanto apagado su ardor y calmados sus impulsosascéticos,
despidiose de ella, pasando a recogerse a su alcoba.
VI
EN BUSCA DEL MENINO
—Te conozco, Ricardo, déjame.
Ricardo callaba.
—Vamos, déjame; mira que necesito concluir pronto para llevar el caldoa mamá.
El joven seguía tapándole los ojos por detrás sin decir una palabra.
—Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, después de haberteconocido...
—En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.
—Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.
 
 

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