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Gatsby
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amores y en los pecados que constantementecometemos, no podrás menos de
convenir conmigo en que dos muchachos tandesprovistos de gravedad y sólida virtud
no están facultados por Diospara educar y dirigir una familia. Sentiría un gran
remordimiento deconciencia casándome hoy (y tú debes de sentirlo también) y creería
queDios no podría bendecir ni hacer dichosa nuestra unión. Para que labendiga es
necesario que nos hagamos dignos de celebrarla, dejando parasiempre el modo frívolo
y mundano que tenemos de querernos por otro máselevado y espiritual, cesando por
completo en ciertas expansionesterrenales a que nuestro gran amor nos impulsa, y
preparándonos durantealgunos meses, por lo menos, con una vida virtuosa y devota,
haciendoalgunos sacrificios y obras de caridad, y pidiendo a Dios constantementeque
ilumine nuestro espíritu y nos dé fuerzas para cumplir los deberesque el nuevo estado
nos impone.
»Hay un ejemplo en la historia que nos debe alentar mucho para llevar acabo lo que
te propongo. La Amada Santa Isabel de Hungría estuvodesposada desde su tierna
edad con el duque Luis de Turingia, pero sinque las bodas se celebrasen hasta que
ambos llegaron a la edad oportuna.Celebrados los desposorios, Isabel y Luis no
volvieron a separarse,habitando el mismo palacio como si fuesen hermanos, hasta que
por lavoluntad de Dios fueron marido y mujer. Los piadosos sentimientos de losdos
novios, junto con la austera educación que les dieron, hizo que sucariño fuese siempre
puro y limpio, fundando la inalterable unión de suscorazones, no sobre los efímeros
sentimientos de un atractivo puramentehumano, sino sobre una fe común y la severa
observancia de todas lasvirtudes que esta fe enseña. Hasta que el matrimonio los unió
convínculo indisoluble, siempre se llamaron hermanos, y aun después decasados
continuaron dándose a menudo este dulce nombre.
»Te confieso, Ricardo, que el espectáculo de estos nobles y santosjóvenes me
seduce hasta un grado indecible. El amor santificado de talsuerte es mil veces más
hermoso y proporciona al corazón goces más purosy elevados. ¿Por qué no habíamos
de seguir hasta donde nos fuese posiblelas huellas de estos esposos, dechado de
abnegación y de ternura tantocomo de pureza y fidelidad? ¿Por qué no habías de
imitar tú, amadoRicardo, la virtud severa del joven duque de Turingia, la nobleza
ydignidad de todos sus actos, la inocencia y la modestia de su alma,jamás desmentida,
y que en nada se oponían al valor y fortaleza de quesiempre dio relevantes pruebas?
Por mi parte te prometo imitar en lamedida de mis débiles fuerzas la ternura, la
obediencia y fidelidad desu santa esposa Isabel, viviendo sujeta a la ley de Dios
dentro delcariño que te profeso.
»Esto es lo que te propongo y deseo que hagamos. No te enfades, porDios, querido
Ricardo. Reflexiona sobre lo que te acabo de decir y veráscomo tengo razón. No
dudes de que te quiere mucho, mucho, la que es porahora tu hermana,
MARÍA
 

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