que se escuche unapalabra de su boca porque se derrite en fuego de amor. ¡Oh
lágrimasderramadas por Dios, y cuánto valéis y cuánto podéis y cuánto acabáis!Para
alcanzar perdón más valen las lágrimas que las palabras, porque laslágrimas, como
dice San Máximo, son ruegos callados, no piden perdón,sino que lo merecen. Con las
lágrimas no se engaña como con laspalabras. Por eso San Pedro, para obtener el
perdón de su culpa, no usóde las palabras, con las cuales había pecado, había mentido,
habíablasfemado y renegado, sino que lloró con amargo llanto y fue creído
yperdonado. Son las lágrimas moneda que no se puede falsificar, únicorefugio
nuestro: lavan las manchas de nuestros pecados, aplacan la irade Dios, alcanzan el
perdón, alegran el alma, fortifican la fe, aumentanla esperanza y encienden la caridad.
El mismo divino Jesús lo ha dicho:«Bienaventurados los que lloran, porque sacarán
fruto de consuelo.»
María se sintió enternecida. Aquel fervoroso panegírico de las lágrimasahuyentó el
temor de su pecho. Al considerar la bondad inagotable deJesucristo, que después de
haber sufrido tanto y haber derramado supreciosa sangre por nosotros, olvida a cada
instante las mayores ofensascon sólo presentarse a él arrepentido, la conmovió hasta
lo último.Representose a la santa de su nombre, María Magdalena, bañada en llantoa
los pies del Redentor, y pensó que ella hubiera hecho lo mismo. Untorrente de
lágrimas se escapó de sus ojos al imaginar que ya estabapostrada delante de Jesús. Las
mujeres que se hallaban cerca la vieronllorar y le dirigieron miradas respetuosas de
admiración cuchicheandoentre sí.
Terminó el sermón exhortando a los fieles, con arranques de elocuenciahenchidos
de imágenes, a que se muestren devotos del Sagrado Corazón deJesús. «Un cuarto de
hora todos los días de plática amable con esteSagrado Corazón proporciona al alma el
gozo más puro que puede tener enla tierra. Gustate, et videte quoniam suavis est
Dominus. Probad aconversar un rato con el Señor, y sentiréis las delicias celestiales
ylos contentos especialísimos que hallan los que le aman. Todo cuanto hayen el
mundo es locura y engaño; festines, comedias, tertulias,diversiones y lo demás que los
hombres tienen por bienes están mezcladoscon hiel y sembrados de espinas. No
dudéis que el Corazón de Jesús damás gustos y consuelos a las almas que van a
visitarle con devoción yrecogimiento que el mundo con todos sus pasatiempos y
placeres insulsos.¡Qué delicia es estar hablando un instante con el amabilísimo
Jesús,pronto siempre a escuchar nuestros ruegos! ¡Descubrirle uno su pechocomo se
hace con un amigo íntimo! ¡Pedirle su gracia, su amor y sugloria! ¡Oh amados míos,
gustate et videte, gustate et videte!»
El orador terminó los últimos párrafos de su oración siempre con estaspalabras:
gustate et videte, gustate et videte!
Al concluir, deseando la gloria eterna a todos, estaba pálido de fatiga.Algunas gotas
de sudor se deslizaban por su frente espaciosa. Habíadicho la última parte de su
