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Gatsby
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LA NOVENA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Rayaba apenas el día cuando nuestra joven se levantó bruscamente delsuelo.
Quedose inmóvil un instante con el oído atento; pero no percibióel sonido de las
campanas de San Felipe, que creyó escuchar en sueños.Se había equivocado; todavía
no eran las seis. Encendió la lámpara, ysaliendo al gabinete se puso a orar
humildemente postrada frente a laimagen de Jesús. Como no tenía puesta más que una
fina camisa debatista, el frío la traspasó en seguida y empezó a tiritar; pero noquiso
dejarse vencer y siguió orando hasta que sus dientes chocaronfuertemente unos contra
otros. Sólo entonces se decidió a dejar lapostura que había tomado y vestirse. Después
abrió las cuatro ventanasdel gabinete y apagó la luz.
Una escasísima claridad triste y fría invadió la habitación de laseñorita de Elorza,
prestando a los muebles un aspecto lúgubre queestaban lejos de tener ordinariamente.
El frío de la mañana lospenetraba también como a su dueño; yacían silenciosos y
melancólicos,esperando, sin duda, que los rayos del sol mostraran su belleza
yesplendor. Sólo en tal sitio que otro, al caer la luz sobre el barniz,producía un blanco
reflejo que semejaba al ojo vidrioso y opaco de unmoribundo. El gabinete se hallaba
en una especie de torreón cuadrado quela casa tenía por la parte de atrás en uno de sus
ángulos. Levantaba porencima de ella algunas varas y recibía luz por los cuatro
lienzos de susparedes. La torre no contenía más que dos habitaciones: la de
María,compuesta de gabinete y alcoba, y la de su doncella Genoveva, queconstaba de
un solo cuarto. Eran las habitaciones más frías, perotambién las más alegres de la
casa. Las pocas veces que el sol sedignaba salir en Nieva, iba derecho a alojarse en
ellas; las invadía sinmiramientos como un huésped soberano, y se pasaba el día en su
interiorreflejándose en los espejos, matizando el raso de las sillas,estropeando el
charol de los armarios y regalándose, en fin, de mildiversas formas. Todo esto, por
supuesto, si Genoveva no había tenido laprecaución de echar las cortinas a tiempo.
Eran también las mássilenciosas. Los ruidos de la casa no llegaban hasta ellas, y los
defuera, por la situación que ocupaban, era imposible que las turbaran.Solamente el
viento, que casi nunca dejaba de soplar fuerte en la torre,producía ruidos extraños,
sobre todo por la noche, suspirando unasveces, riñendo otras y lamentándose
constantemente de que le tuviesenherméticamente cerradas las ventanas. Durante el
día, ni se lamentaba nireñía, contentándose con zumbar perpetuamente, pero con
muchadiscreción, como los caracoles de mar cuando se acercan al oído.
María se acercó rebujada en su chal y tiritando aún a una de lasventanas que daban
a la huerta, cuyas tapias lindaban con el muelle.Desde aquella ventana se oteaba la ría
entera de Nieva hasta El Moral,que era el sitio por donde comunicaba con el mar. No
mediría más de unalegua de largo; el ancho variaba extremadamente, según se la
viese enbaja o pleamar, en mareas vivas o muertas. Cuando las grandes
mareasalcanzaría hasta media legua, lamiendo las faldas de las colinascubiertas de

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