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Gatsby
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El gabinete de María, al llegar a él su dueña, estaba sumido en lastinieblas. Buscó a
tientas las cerillas y encendió una lámpara de bombaesmerilada. Estaba decorado con
lujo y con un gusto que rara vez sueleverse en los pueblos secundarios. Los muebles
vestidos de raso azul; lascortinas y el papel de las paredes, del mismo color. En el
hueco de dosventanas había un armario de caoba con espejo de cuerpo entero.
Eltocador, abrumado bajo el peso de los frascos, arrimado a la paredopuesta. La
alfombra era blanca con flores azules. El esmero exquisitocon que todos los objetos se
hallaban colocados en sus puestos, laelegancia y coquetería de los muebles y el
perfume delicado que alentrar se percibía, bien claramente anunciaban el sexo y la
calidad dela persona que lo habitaba.
Cuando María dio luz a la lámpara se encontraron sus ojos con los de unaimagen
del Redentor que ocupaba el centro de la mesa donde la luz ardía.Era de madera
primorosamente tallada y pintada y con cierta expresióntriste y apacible en el rostro
que había sido la que moviera la joven acomprarla. Al tropezar con la mirada dulce
pero glacial de la imagen, seapagó la sonrisa feliz que aun vagaba por sus labios,
quedando inmóvil yhondamente pensativa. Poco a poco y a influjo sin duda de las
ideas quela embargaron, su rostro perdió la expresión habitual y fue adquiriendootra
dolorida y humilde como la de una Magdalena. En aquel momento losacordes del
piano subieron vibrando por la obscura escalera, señalandolos primeros compases de
un insinuante rigodón. Dejose caer de rodillasy dobló la cabeza. Al poco tiempo
sollozaba. Sus labios se apretaronconvulsos contra los desnudos pies del Salvador
murmurando palabrasininteligibles.
Después de un largo rato alzó la cara bañada en lágrimas y exclamó conacento de
dolor:
—¡Jesús mío, cuánta traición, cuánta traición!... ¡Qué mal os pago elamor que me
tenéis!... ¡Castígame, Señor, para que pueda tener sosiego!
Levantose del suelo, tomó la lámpara en una mano y penetró en su alcoba.Era
pequeñita y tibia como un nido y estaba adornada con profusión deestampas de Jesús
y de la Virgen. El lecho, cubierto con pabellón degasa, blanco y risueño como el altar
de un bautizo. Dejó la luz sobre lamesa de noche y con semblante más tranquilo se
desnudó en brevesinstantes.
Después tomó una manta de viaje del ropero, se envolvió con ella, apagóla lámpara,
hizo repetidas veces la señal de la cruz sobre la frente,sobre la boca y sobre el pecho,
y se acostó en el suelo. El blanco lechocubierto de seda y batista, tierno y perfumado
y henchido de sensualescaricias, la estuvo reclamando en vano toda la noche. Así
permanecióextendida sobre el pavimento hasta que la luz del día rayaba.
III
 
 

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