porque la emoción le tenía embargado. Cuando estuvoun poco más sereno, le
preguntó con voz débil:
—¿No fue más que un instante de mal humor?
—¡Oh, qué rato tan amargo me has hecho pasar! Por todo el oro del mundono lo
pasaría otra vez.
—¿No quedas bien pagado, di?
—Suelta. Me voy a acostar. ¡Tengo un dolor de cabeza tan fuerte!...
—Espera un poco... Déjame darte un beso en la frente... Ahora otro enlos ojos...
Ahora otro en los labios... Ahora en las manos...
—Suelta, Ricardo, suelta...
El joven la tenía sujeta aún por las manos, riendo de felicidad. Maríaforcejeaba por
desasirse, riendo también.
—Vamos, déjame marchar; no seas tonto.
—Porque no soy tonto no te dejo marchar.
—Mira que me duele la cabeza.
—Hasta mañana. ¡Cuidado con bailar ahora!
—No tengas cuidado. Me voy a marchar en seguida. Hasta mañana.
María se escapó corriendo, Ricardo trató de alcanzarla otra vez saltandopor la
obscura escalera; pero no pudo. La joven le dio las buenas nochescon una alegre
carcajada desde arriba.
Al penetrar de nuevo en el salón, Ricardo sonreía como unbienaventurado. El brillo
de la araña le trastornó un poco y se apresuróa sentarse.
