naturalismo—tiene muchos adeptosinconscientes, quienes suponen que sólo existe la
verdad en los hechosvulgares de la existencia y que sólo estos son los que deben
sertraducidos al arte. Por fortuna no es así. Fuera de los mercados, losdesvanes y las
alcantarillas existe también la verdad. El mismo apóstoldel naturalismo, Emilio Zola,
lo reconoce pintando escenas de acabada ysublime poesía, que riñen ciertamente con
sus exageradas teoríasestéticas.
No he querido en la presente obra herir al misticismo verdadero niridiculizar la
vida contemplativa. Cervantes, el gran maestro de nuestraliteratura, tampoco quiso
atacar al honor y al heroísmo en su inmortalQuijote. Aunque yo piense que la esencia
del Cristianismo es caridad ypor lo tanto vida activa, entiendo asimismo que sin una
fe viva, estoes, sin la unión mística y amorosa de nuestro espíritu con el Creador,la
misma caridad no puede beatificarnos. Pero existen y han existidosiempre seres que
transportan la santidad del corazón a la fantasía, dela vida a la quimera, como el
ingenioso hidalgo transportaba elheroísmo, y contra estos espíritus exaltados,
imaginativos, en el fondovanidosos y egoístas, van las presentes páginas. Así como
las aventurasnovelescas de los libros de caballerías enloquecían a los
espíritusdébiles, ciertas exageraciones en que incurren los biógrafos de lossantos son
extremadamente peligrosas para los temperamentos no bienequilibrados. Sólo los
corazones sencillos son gratos a Dios y a loshombres. O niños o como niños, ha
dicho el Salvador. En tal pensamientohe pretendido inspirarme para escribir este
libro. No obstante, comoalgunas personas piadosas han creído ver en él menosprecio
de la vidacontemplativa y burla de las gracias sobrenaturales que Dios ha operadoen
algunas santas que la Iglesia venera, y como realmente al arrojarpiedras sobre el
falso misticismo pude haber salpicado al verdadero,cúmpleme declarar que si esto ha
sucedido, lo deploro. No doy a ningunade las palabras contenidas en mi libro otra
significación que la quepueda acordarse con la fe cristiana y con las enseñanzas de
la IglesiaCatólica, a las cuales me glorio de vivir sometido.
Dentro del soportal la gente se estrujaba sin compasión: cada cual hacíaprodigios de
habilidad para burlar la ley física de la impenetrabilidadde los cuerpos, reduciendo el
suyo a un volumen imaginario. La noche eradensa y oscura como pocas. Los pies de
los curiosos se buscaban en lastinieblas, y al encontrarse prodigábanse caricias harto
expresivas. Loscodos de los unos, por secreto y fatal impulso, iban derechos a los
ojosde los otros. El sujeto pasivo de tales caricias llevaba inmediatamentela mano al
