nuestro amigo teníaen Madrid a su devoción, no se habían dado mucha prisa esta vez
asatisfacer sus deseos.
¿Pero por qué este muchacho tenía tales deseos de alejarse de Nieva?Dicho sea en
honor de la verdad, Ricardo cuando pidió el traslado sentíaganas vehementes de
perder de vista para siempre aquellos lugares, dondetan feliz había sido y donde iba a
ser tan desgraciado; mas ahora,después de transcurrido un mes, se habían calmado un
tanto sus congojasy andaba cerca de acostumbrarse a su desgracia. No obstante,
seguía muyabatido. Toda la villa lo advertía.
Desde el día en que le hizo aquella horrible proposición, que no podíarecordar sin
sentirse inflamado de cólera, comprendió que no sería dueñojamás del corazón de
María. Una voz secreta e implacable se lo estabadiciendo sin cesar al oído. Así que no
le causó gran sorpresa la cartaen que se le notificaba la entrada en el convento. Hacía
ya algún tiempoque corría este rumor en la población. Sin embargo, no pudo
sustraerse,por más que hizo, a un dolor vivo y agudo y a un abatimiento que
postrótodas sus fuerzas. No es lo mismo la persuasión más o menos fundada deque la
mujer querida no le corresponde a uno, que verlo confirmado porun hecho material y
tangible. Ni aun le quedaba el derecho deencolerizarse y desahogar su rabia
apellidándola pérfida, traidora, comoacontece en la mayoría de los casos. Como
cristiano sincero que era, letocaba ver con paciencia, hasta con gusto (la carta bien lo
decía),aquella piadosa sustitución de afectos terrenales, aunque nobles, porotros
divinos y sublimes. María no era culpable de nada, absolutamentede nada. Su
conducta, digna de elogios; y advertía que la villa enteralos tributaba espontáneos y
calurosos. Quizá en esta idea encontraba eljoven marqués el único consuelo posible.
Porque lo cierto era que lahermosa joven no le había dejado por ningún otro hombre,
sino por seguirel áspero camino que conduce al cielo, para lo cual indudablemente
debiónecesitar hacerse gran violencia. Y en esta violencia cifraba nuestromarqués un
poquito de orgullo, pensando con deleite y dolor al mismotiempo en los esfuerzos que
la nueva esposa de Jesús haría paraarrancar las raíces de afecto tan sólido y antiguo.
Mas por entre el hermoso follaje de estos pensamientos, más o menosconsoladores,
sacaba no pocas veces su odiosa cabeza una idea triste ycruel. Aunque procurase
todos los medios para alejar de sí tal idea, nopodía menos de pensar muy a menudo
que María jamás le había profesado unamor sincero y vehemente como el suyo; que
había sido su novia porcompromiso, por el influjo de las circunstancias especiales en
que ambosse encontraban en Nieva; que tal vez ella se había engañado a sí
misma,pensando quererle, pues si le hubiese amado realmente, nunca le
hubiesevenido la idea de meterse en conspiraciones ridículas ni mucho menos
enproponerle odiosas traiciones; que María era una joven de mucho talentoy gran
imaginación, a propósito para brillar en el mundo o para acometercualquier empresa
religiosa o profana, con tal que fuese elevada, peroincapaz, tal vez por lo mismo, de la
ternura de sentimientos, de laconstancia, de la abnegación modesta y obscura que
