lucido!—No digaeso, hermana, que tal vez ella lo haría peor.—¡Yo, peor!...
¡Anda,anda! Nunca en mi vida hice una chapucería semejante.—¡Cuántas
habráhecho, hermana!—¡Nunca, nunca!—repitió la monja en tono colérico—. Alos
siete años ya sabía yo coser mejor.
En aquel momento apareció la superiora en el pasillo. La monja que
habíareprendido a su compañera se destacó del grupo para decirle:
—Madre, la hermana Luisa acaba de jactarse de coser mejor que lahermana Isabel y
se ha impacientado mucho porque le dije que no debíahacerlo.
—¿Es verdad, hija mía?—preguntó en tono severo la superiora.
La hermana Luisa bajó la cabeza.
La superiora meditó unos instantes; después le dijo:
—Hija, ya tiene bien sabido que aquí nadie debe jactarse de hacer nadamejor que
otra... Debes creerte la última, porque acaso lo serás... Hacetiempo que vienes siendo
poco humilde y es necesario que empecemos acorregirte ese vicio... Por lo pronto, ve
a pedir perdón a la hermanaIsabel de tu falta y en seguida enciérrate en la celda a
rezar unrosario a la Virgen... Después, cuando esté en el locutorio con lanovicia, te
presentarás allí y te pondrás de rodillas para que la gentevea que estás castigada.
La hermana Luisa inclinó aún más la cabeza y se alejó con pasoprecipitado. La
monja triunfante sonrió con el borde de los labios.
A la misma hora los criados de la casa de Elorza iban y venían de unlado a otro con
diversos objetos en la mano. Pedro, el viejo cochero,daba cera a la carretela de lujo,
mientras dos mozos de cuadra limpiabanlos caballos. Martín, el cocinero, preparaba
un espléndido refresco. Lasdoncellas subían y bajaban desde el piso principal al
cuarto de laseñorita María, que estaba lleno de gente, a pesar de no haber aúnsonado
las diez de la mañana. Las quince o veinte damas, que apenaspodían revolverse en
aquel sitio, hablaban a un tiempo, como es natural,haciendo de aquel silencioso y
elegante retiro un insufrible gallinero.
De pie, en medio de él, se hallaba la primogénita del señor de Elorza, amedio vestir,
y en torno suyo unas cuantas señoras, algunas de ellas derodillas, que la estaban
aderezando lo mismo que si fuese una Virgen demadera. Reinaba gran emoción en
todas. Ya le habían puesto un preciosovestido de raso blanco guarnecido por delante
desde el pecho hasta lospies con una franja de azahar. Una la estaba calzando en aquel
momentocon diminutos y elegantísimos zapatos de la misma tela, mientras otracosía
precipitadamente algunas flores que se le habían caído. Por laparte de arriba le
estaban poniendo una guirnalda de azahar en lacabeza: había gran marejada con tal
motivo. Amparito Ciudad sostenía quela guirnalda era demasiado grande y que no
