—¡Jesús!... ¿Qué ha sido eso?
—¿Quién se ha caído al agua?
—¡Hija mía de mi alma! ¡Marta!... ¡Marta!... ¡Dejadme..., dejadmesalvar a mi hija!
—Ya está salvada, don Mariano; no hay necesidad de que usted se arrojeal agua.
—¡Cía!, ¡cía firme!—dijo la bronca voz del patrón—. Echa esa beta alagua,
Manuel... No asustarse, señores, que no es nada... ¡Ciar más!...Basta... Agárrense
ustedes a la beta... Ya no hay cuidado...
La confusión fue muy grande en el primer instante. Ricardo y uno de losmarineros
se habían echado al agua y nadaban vigorosamente para salvarla corta distancia que la
falúa había recorrido antes de que se diera elgrito de alarma. Ricardo, que iba delante,
se sumergió, y a los pocossegundos tornó a aparecer con la niña entre los brazos. La
falúa yaestaba cerca de ellos, y pudo coger la beta que le echaban, y en seguidael
carel de la lancha, viéndose suspendido por una porción de brazos quelos metieron
dentro. Don Mariano, en los cortos momentos que esto duró,forcejeaba con don
Máximo y otras personas, pugnando por arrojarse alagua. Cuando vio a su hija en la
embarcación faltó poco para que laahogase contra su pecho.
Martita se había desmayado. Varias señoras se apresuraron a desatarle elcorsé y a
sacudirla fuertemente para que soltase el agua que habíatragado. Después la
extendieron en uno de los asientos de popa, yRicardo, tomando un frasco de éter que
don Máximo había traído, se loaplicó a la nariz. No tardó en abrir los ojos, y al ver el
demudadosemblante del joven inclinado sobre ella, sonrió dulcemente, y le dijode
modo que nadie lo oyó más que él:
—Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!
Así que llegaron al Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que allíestaban
tomando baños, y se echaron encima la primer ropa que lesdieron. Después
emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muellecon una hora de noche,
cuando las respectivas familias empezaban ainquietarse por su tardanza.
Los tertulios de don Mariano se recreaban con el juego de prendas. Lanoche estaba
harto desapacible y habían acudido solamente las personasde más confianza. Cuando
esto acaecía (que no dejaba de ser con algunafrecuencia), proscribíanse el baile y la
música y sustituíanse conjuegos de naipes, de aduana o de prendas y a veces
simplemente por unaamena y sabrosa conversación. La noche a que nos referimos, el
