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En tanto el océano, indiferente a las risas y a las angustias deaquellos insectillos que
rozaban su bruñida epidermis, reverberaba elincendio del sol en toda su intensidad,
gozando este placer augusto conel mismo sosiego que en los primeros días del
mundo. La luz ya podíaespaciarse libremente sobre su llanura húmeda corriendo
leguas y leguasen un segundo, lanzando sus llamaradas a los últimos confines
delhorizonte o recogiéndolas de pronto en haz resplandeciente; ya podíajugar sobre
las crestas espumosas de sus olas o besar tímidamente elespejo diáfano de las aguas o
salpicarlo con menudo polvo de plata odejarse caer desmayada con lánguido y
voluptuoso estremecimiento que seperdía entre los pliegues de las olas. Nada
conseguía alterar la pazsolemne de su corazón ni hacerle emitir una nota más grave o
más agudaen la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio
deluniverso.
Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisión, negros y adustoscomo si
acabasen de salir de un gran incendio. Según se iban acercando aella, el blanco
cinturón, que desde lejos parecía ceñirla, rompíase enmil pedazos separados por
considerable distancia. Ruido formidable demuchedumbres que combaten, cadenas
que se arrastran y peñas que sedesgajan, venía de allá indicando a nuestros viajeros
que se acercabanal término de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron
porfin, no sin algún trabajo, a su peñascosa costa. Después necesitaronsubir por
estrecho y peligroso sendero labrado en la roca, paraencontrarse al fin en tierra firme
y llana. La Isla no merecía estenombre. Era un islote de dos o tres kilómetros de
extensión, propiedadde don Mariano de Elorza, que sólo la utilizaba para cazar de vez
encuando y traer de allá todos los años algunos centenares de huevos degaviota.
Estaba cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor partevestida de tojo, donde las
liebres y los conejos tenían su guarida. Porcasi todos lados ofrecía espantosos
precipicios sobre el mar, que labatía incesantemente entrando y saliendo con furia en
las concavidadesde las rocas que la circundaban. Don Mariano había edificado en
elcentro una casita para guarecerse, a la cual había ido añadiendo poco apoco algunas
comodidades. Constaba solamente de un espacioso salón, uncomedor, algunas alcobas
y la cocina; pero la tenía bastante bienamueblada y circuída de un jardincito donde
crecían de mala gana algunosárboles de adorno.
Mientras se disponía la comida y llegaba la falúa de la Sanidad, quehabía ido a
depositar a Isidorito como triste deportado en un áridoparaje de la costa, señoras y
caballeros se diseminaron, dedicándose ala caza o a la pesca, según las aficiones y
aptitudes de cada cual.Empezaron a sonar tiros aquí y allá, demostrando que los
conejos, que sehabían propagado en progresión geométrica, sufrían la ley de
represióndescubierta por Malthus. Los viajeros que no tenían instintossanguinarios se
acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de losprecipicios, contemplando de
hito en hito el horizonte, por donde solíacruzar la vela de algún barco. Otros
estudiaban la flora arrancandohierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del

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