proximidad del mar. Las colinas queprotegían el pueblecillo con sus faldas
pedregosas y sus cimas desnudasy tristes, también lo anunciaban. Empezaba a sentirse
el hálito delmonstruo que soplaba vivo y soberbio por la estrecha boca de la ría
yescuchábase a lo lejos el sordo y formidable rumor de sus entrañas. Lasfalúas
tropezaban aquí y allá con algunos pañuelos de espuma que veníanrodando sobre el
agua como jirones desgarrados del manto de algún diosque hubiese combatido toda la
noche con los monstruos del océano.
Llegaron al Moral. Don Mariano les tenía preparado un suculentorefrigerio dentro
de un vasto almacén que allí poseía, y la numerosacomitiva demostró una vez más
que los aires del mar son el más excelenteaperitivo para todos los estómagos. Cuando
hubieron dado buena cuenta deél y descansado un ratito, tornaron a embarcarse para
continuar suexcursión. A poco trecho del Moral se hallaba la boca del puerto,
pordonde salieron, dejando a la derecha la torre del faro colocada sobreuna
eminencia. Los marineros soltaron el remo e izaron las velas paraaprovechar el viento
fresco del N. E. que los empujaba. Eran las once dela mañana. El toldo nubloso se
había replegado enteramente sobre elhorizonte, mostrando al descubierto un hermoso
cielo diáfano y azul,donde el sol nadaba altivo y encendido como nunca.
El mar se desplegó ante los ojos de nuestros viajeros como una manchaazul,
enorme, infinita, que cerraba por todas partes la esfera celestepara recoger su luz y su
armonía. Sobre esta mancha azul la madejaluminosa del sol hacía brillar otra de plata
poblada de luces trémulas ychispeantes que se extendía en línea recta hacia el
Occidente. En cadauna de las crestas que la brisa levantaba en el agua, los rayos
delastro depositaban una luz fugitiva y viva, que al mezclarse yconfundirse con las
demás en cabrilleo incesante semejaba la ebulliciónmonstruosa y fantástica de los
tesoros ocultos en el fondo del océano.Los viajeros siguieron con la vista aquella línea
argentada sindesplegar los labios por un buen espacio, gustando la
impresiónprofundamente amable y solemne que el mar produce siempre en el
alma.Los contornos de la Isla se dibujaban a lo lejos, desvaídos y confusospor el
exceso de la luz, frente a la misma embocadura de la ría, a unascinco millas de la
costa. En torno de ella percibíanse grandes jironesde espuma que crecían y
menguaban alternativamente ciñéndola de unblanco cinturón de encaje. El viento
soplaba recio, pero franco ybenigno, porque tenía espacio donde extenderse. Las tres
falúas con lasvelas desplegadas cortaban el agua una en pos de otra como otras
tantasgaviotas que se persiguieran. Las maromas rechinaban, los palos gemíanen los
agujeros que los aprisionaban y las velas se doblaban bajo elsoplo de la brisa,
inclinando las embarcaciones harto más de lo quedesearan las señoras. El agua al
dejar paso se rompía, produciendo ungarganteo flautado que sonaba en la proa,
deslizándose después por amboscostados con rumor de sedería que se despliega.
Don Serapio sintiose acometido nuevamente de un rapto marítimo, ysujetando el
sombrero con una mano y accionando dramáticamente con laotra, cantó:
