tertulia tomó el puñado de plata del cajoncito donde seguardaba y se lo entregó al cura
de Nieva para que lo repartiese entrelos feligreses que más lo necesitaran.
—¿Pues qué—exclamó el noble caballero al mismo tiempo—; no es cienveces
mejor dedicar este dinero a matar el hambre en algunos pobres, quea un pasatiempo
frívolo y excusado?
—Es cierto, es cierto—dijeron las niñas poniendo una cara que nohacía, en verdad,
recordar las puras satisfacciones de la virtud y lasalegrías del justo.
Aquella noche se habló, se cantó y se bailó poco en la tertulia deElorza. La virtud,
severa por naturaleza, no gusta de manifestacionesruidosas. Muchachos y muchachas
expresaban la íntima y pura satisfacciónque aquel sacrificio les había inspirado con
una inefable serenidad quelos tenía mudos y quietos la mayor parte del tiempo, cual si
meditasenprofundamente sobre algún texto del Evangelio.
Grande, pues, debió ser el disgusto que sintieron todos cuando donMariano les dijo
a última hora:
—Señoras y señores: el jueves, a las ocho de la mañana, agradecería austedes en el
alma que diesen una vuelta por el muelle convenientementeprovistos de sombrero,
quitasol, abrigo, etcétera. Nada más fácil que aesa hora los marineros de mi falúa se
empeñen en llevarnos al Moral, ycomo ustedes comprenden no sería cortés el
desairarlos.
La tertulia deploró esta determinación que la privaba de sacrificarsepor la
fraternidad universal, con risa inextinguible, voces ymovimientos desordenados:—
«¡Qué don Mariano éste!—¡Siempre ha de teneresas bromas!—El jueves, el jueves,
¿qué tengo yo que hacer el jueves?¡Ah, me parece que nada!—¿Llevaremos el
impermeable? Yo creo que bastacon el abrigo, etcétera.»
Y en efecto, el jueves a las ocho de la mañana, la falúa de don Marianoy la de la
Sanidad, limpias y aderezadas como dos muchachas en día deromería, aguardaban
impacientes a la gente cabeceando una al lado deotra en el atracadero del muelle.
Cuatro marineros daban la última manoen cada una al arreglo del aparejo, dirigiendo
de vez en cuando miradasescrutadoras ora a la ría, bien a las calles que desembocaban
en elmuelle. Los señores no aparecían y la marea ya había bajado dos pies ymedio.
Alguno de los marineros expresaba sus impresiones desagradablespor la tardanza con
un rugido no bastante fashionable. Últimamenteapareció un grupo abigarrado de
damas y caballeros, donde predominabanlos sombreros de paja y las manteletas
encarnadas, y el viejo lobomarino que acababa de jurar como un carretero, blasfemó
otra vez de purosatisfecho y colocó una tabla entre el atracadero y la falúa para
quepasase la gente. El primero que saltó fue don Mariano. La falúa seinclinó
blandamente sobre un costado al recibir el peso de su amo, comosi le hiciese una
