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Marianela

más sosegada cuando al medio díavolvió a entrar en la pieza el padre de Florentina, acompañado
deTeodoro Golfín.
Golfín se dirigió al sofá, y aproximando su cara observó la de la Nela.
—Parece que su sueño es ahora más tranquilo—dijo—. No hagamos ruido.
—¿Qué le parece a usted mi hija?—dijo don Manuel riendo—. ¿No veusted las tareas que se
da?... Sea usted imparcial, Sr. D. Teodoro, ¿nohay motivos para que me incomode?
Francamente, cuando no hay necesidadde tomarse una molestia, ¿por qué se ha de tomar? Muy
enhorabuena que mihija dé al prójimo todo lo que yo le señalo para que lo gaste enalfileres; pero
esto, esta manía de ocuparse ella misma en bajosmenesteres... en bajos menesteres....
—Déjela usted—replicó Golfín, contemplando a la señorita de Penáguilascon cierto
arrobamiento—. Cada uno, Sr. D. Manuel, tiene su modoespecial de gastar alfileres.
—No me opongo yo a que en sus caridades llegue hasta el despilfarro,hasta la bancarrota—
dijo D. Manuel paseándose pomposamente por lahabitación con las manos en los bolsillos—.
¿Pero no hay otro mediomejor de hacer caridades? Ella ha querido dar gracias a Dios por
lacuración de mi sobrino... muy bueno es esto, muy evangélico... peroveamos... pero veamos.
Detúvose ante la Nela para obsequiarla con sus miradas.
—¿No habría sido más razonable—añadió—que en vez de meternos en lacasa a esta pobre
muchacha, hubiera organizado mi hijita una de esasútiles solemnidades que se estilan en la corte,
y en las cuales sabemostrar sus buenos sentimientos lo más selecto de la sociedad? ¿Por quéno te
ocurrió celebrar una rifa? Entre los amigos hubiéramos colocadotodos los billetes reuniendo una
buena suma que podrías destinar a losasilos de Beneficencia. Podías haber formado una sociedad
con todo elseñorío de Villamojada y su término, o con todo el señorío de SantaIrene de Campó,
y celebrar juntas y reunir mucho dinero.... ¿Qué tal?También pudiste idear una corrida de toretes.
Yo me hubiera encargado delo tocante al ganado y lidiadores.... ¡Oh! Anoche hemos estado
hablandoacerca de esto la señora doña Sofía y yo.... Aprende, aprende de esaseñora. A ella deben
los pobres qué sé yo cuántas cosas. ¿Pues y lasmuchas familias que viven de la administración
de las rifas? ¿Pues y loque ganan los cómicos con estas funciones? ¡Oh!, los que están en
elHospicio no son los únicos pobres. Me dijo Sofía que en los bailes demáscaras dados este
invierno sacaron un dineral. Verdad que se llevarongran parte la empresa del gas, el alquiler del
teatro, los empleados...pero a los pobres les llegó su pedazo de pan.... O si no, hija mía, leela
estadística... o si no, hija mía, lee la estadística.
Florentina se reía, y no hallando mejor contestación que repetir unafrase de Teodoro Golfín,
dijo a su padre:
—Cada uno tiene su modo de gastar alfileres.
—Señor D. Teodoro—indicó con desabrimiento D. Manuel—convenga usteden que no hay
otra como mi hija.
—Sí, en efecto—manifestó Teodoro con intención profunda, contemplandoa la joven—no hay
otra como Florentina.
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