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Marianela

había hechoentender un poco, echó a correr en dirección contraria a la que llevabaGolfin. Este le
siguió murmurando:—Pues vamos allá.
Choto regresó corriendo como para cerciorarse de que era seguido, ydespués volvió a alejarse.
Como a cien metros de Aldeacorba Golfín creyósentir una voz humana, que dijo:
—¿Qué quieres, Choto?
Al punto sospechó que era la Nela quien hablaba. Detuvo el paso, prestóatención colocándose
a la sombra de una haya, y no tardó en descubriruna figura que, apartándose de la pared de
piedra, andaba despacio. Lasombra de las zarzas no permitía descubrirla bien. Despacito siguiola
abastante distancia, apartándose de la senda y andando sobre el céspedpara no hacer ruido.
Indudablemente era ella. Conociola perfectamentecuando entró en terreno claro, donde no
oscurecían el suelo árboles nizarzas.
La Nela avanzó después más rápidamente. Al fin corría. Golfín corriótambién. Después de un
rato de esta desigual marcha, la Nela se sentó enuna piedra. A sus pies se abría el cóncavo hueco
de la Trascava, sombríoy espantoso en la oscuridad de la noche. Golfín esperó y con paso
muyquedo acercose más. Choto estaba frente a la Nela, echado sobre loscuartos traseros,
derechas las patas delanteras, y mirándola como unaesfinge. La Nela miraba hacia abajo.... De
pronto empezó a descenderrápidamente, más bien resbalando que corriendo. Como un león se
abalanzóTeodoro a la sima, gritando con voz de gigante:
—¡Nela! ¡Nela!
Miró y no vio nada en la negra boca. Oía, sí, los gruñidos de Choto quecorría por la vertiente
en derredor, describiendo espirales, cual si learrastrara un líquido tragado por la espantosa sima.
Trató de bajarTeodoro y dio algunos pasos cautelosamente. Volvió a gritar, y una vozle contestó
desde abajo:—Señor....
—Sube al momento.
No recibió contestación.
—¡Que subas!
Al poco rato dibujose la figura de la vagabunda en lo más hondo que sepodía ver del horrible
embudo. Choto, después de husmear el tragadero dela Trascava, subía describiendo las mismas
espirales. La Nela subíatambién, pero muy despacio. Detúvose, y entonces se oyó su voz que
decíadébilmente:—¿Señor?...
—Que subas te digo.... ¿Qué haces ahí?
La Nela subió otro poco.
—Sube pronto... tengo que decirte una cosa.
—¿Una cosa?...
—Una cosa, sí; una cosa tengo que decirte.
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