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Marianela

En su rudeza pudo observar que el conflicto en que estaba su almaprovenía de no poder
aborrecer a nadie. Por el contrario, érale forzosoamar a todos, al amigo y al enemigo, y así como
los abrojos se trocabanen flores bajo la mano milagrosa de una mártir cristiana, la Nela veíaque
sus celos y su despecho se convertían graciosamente en admiración ygratitud. Lo que no sufría
metamorfosis era aquella pasioncilla queantes llamamos vergüenza de sí misma, y que la
impulsaba a eliminar supersona de todo lo que pudiera ocurrir en lo sucesivo en Aldeacorba.
Eraaquello como un aspecto singular del mismo sentimiento que en los sereseducados y
civilizados se llama amor propio, por más que en ellarevistiera los caracteres del desprecio de sí
misma; pero la filiaciónde aquel sentimiento con el que tan grande parte tiene en las accionesdel
hombre culto, se reconocía en que estaba basado como éste en ladignidad más puntillosa. Si
Marianela usara ciertas voces habría dicho:
—Mi dignidad no me permite aceptar el atroz desaire que voy a recibir.Puesto que Dios quiere
que sufra esta humillación, sea; pero no he deasistir a mi destronamiento. Dios bendiga a la que
por ley natural va aocupar mi puesto; pero no tengo valor para sentarla yo misma en él.
No pudiendo expresarse así, su rudeza expresaba la misma idea de esteotro modo:
—No vuelvo más a Aldeacorba.... No consentiré que me vea.... Huiré conCelipín, o me iré con
mi madre. Ahora yo no sirvo para nada.
Pero mientras esto decía, parecíale muy desconsolador renunciar aldivino amparo de aquella
celestial Virgen que se le había aparecido enlo más negro de su vida extendiendo su manto para
abrigarla. ¡Verrealizado lo que tantas veces había visto en sueños palpitando de gozo,y tener que
renunciar a ello!... ¡Sentirse llamada por una voz cariñosa,que le ofrecía amor fraternal, hermosa
vivienda, consideración, nombre,bienestar, y no poder acudir a este llamamiento, inundada de
gozo, deesperanza, de gratitud!... ¡Rechazar la mano celestial que la sacaba deaquella sentina de
degradación y miseria para hacer de la vagabunda unapersona, y elevarla de la jerarquía de los
animales domésticos a la delos seres más respetados y queridos!...
—¡Ay!—exclamó clavándose los dedos como garras en el pecho—. Nopuedo, no puedo....
Por nada del mundo me presentaré en Aldeacorba.¡Virgen de mi alma, ampárame.... Madre mía,
ven por mí!...
Al anochecer marchó a su casa. Por el camino encontró a Celipín con unpalito en la mano y en
la punta del palo la gorra.
—Nelilla—le dijo el chico—¿no es verdad que así se pone el Sr. D.Teodoro? Ahora pasaba
por la charca de Hinojales y me miré en el agua.¡Córcholis!, me quedé pasmado, porque me vi
con la mesma figura que D.Teodoro Golfín.... Cualquier día de esta semanita nos vamos a
sermédicos y hombres de provecho.... Ya tengo juntado lo que quería. Veráscomo nadie se ríe
del señor Celipín.
Tres días más estuvo la Nela fugitiva, vagando por los alrededores delas minas, siguiendo el
curso del río por sus escabrosas riberas ointernándose en el sosegado apartamiento del bosque de
Saldeoro. Lasnoches pasábalas entre sus cestas sin dormir. Una noche dijo tímidamentea su
compañero de vivienda:
—¿Cuándo, Celipín?
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