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Marianela

todo lo necesario para que pueda olvidarcompletamente su pobreza, haciéndole enteramente
igual a mí por lascomodidades y el bienestar de la vida. Para esto no basta vestir a unapersona, ni
sentarla delante de una mesa donde haya sopa y carne. Espreciso ofrecerle también aquella
limosna que vale más que todos losmendrugos y que todos los trapos imaginables, y es la
consideración, ladignidad, el nombre. Yo daré a mi pobre estas cosas, infundiéndole elrespeto y
la estimación de sí mismo. Ya he escogido a mi pobre, María;mi pobre eres tú. Con todas las
voces de mi alma le he dicho a laSantísima Virgen que si devuelve la vista a mi primo, haré de ti
unahermana: serás en mi casa lo mismo que soy yo, serás mi hermana.
Diciendo esto la Virgen estrechó con amor entre sus brazos la cabeza dela Nela y diole un
beso en la frente.
Es absolutamente imposible describir los sentimientos de la vagabunda enaquella culminante
hora de su vida. Un horror instintivo la alejaba dela casa de Aldeacorba, horror con el cual se
confundía la imagen de laseñorita de Penáguilas, como las figuras que se nos presentan en
unapesadilla; y al mismo tiempo sentía nacer en su alma admiración ysimpatía considerables
hacia aquella misma persona.... A veces creía conpueril inocencia que era la Virgen María en
esencia y presencia. De talmodo comprendía su bondad que creía estar viendo, como el interior
de unhermoso paraíso abierto, el alma de Florentina, llena de pureza, deamor, de bondades, de
pensamientos discretos y consoladores. La Nelatenía la rectitud suficiente para adoptar y
asimilarse al punto la ideade que no podría aborrecer a su improvisada hermana. ¿Cómo
aborrecerla,si se sentía impulsada espontáneamente a amarla con todas las energíasde su
corazón? La aversión, la repulsión eran como un sedimento que alfin de la lucha debía quedar en
el fondo para descomponerse al cabo ydesaparecer, sirviendo sus elementos para alimentar la
admiración y elrespeto hacia la misma amiga bienhechora. Pero si desaparecía laaversión, no así
el sentimiento que la había causado, el cual, nopudiendo florecer por sí ni manifestarse solo, con
el exclusivismoavasallador que es condición propia de tales afectos, prodújole unaplanamiento
moral que trajo consigo la más amarga tristeza. En casa deCenteno observaron que la Nela no
comía, que parecía más parada que decostumbre, que permanecía en silencio y sin movimiento
como una estatualarguísimos ratos, que hacía mucho tiempo que no cantaba de noche ni dedía.
Su incapacidad para todo había llegado a ser absoluta, y habiéndolamandado Tanasio por tabaco
a la Primera de Socartes, sentose en elcamino y allí se estuvo todo el día.
Una mañana, cuando habían pasado ocho días después de la operación, fuea casa del ingeniero
jefe, y Sofía le dijo:
—¡Albricias, Nela! ¿No sabes las noticias que corren? Hoy han levantadola venda a Pablo....
Dicen que ve algo, que ya tiene vista.... Ulises,el jefe de taller, lo acaba de decir.... Teodoro no
ha venido aún, peroCarlos ha ido allá; pronto sabremos si es verdad.
Quedose la Nela al oír esto más muerta que viva, y cruzando las manosexclamó así:
—¡Bendita sea la Virgen Santísima, que es quien lo ha hecho!... Ella,ella sola es quien lo ha
hecho.
—¿Te alegras?... Ya lo creo: ahora la señorita Florentina cumplirá supromesa—dijo Sofía en
tono de mofa—. Mil enhorabuenas a la señora doñaNela.... Ahí tienes tú como cuando menos se
piensa se acuerda Dios delos pobres. Esto es como una lotería... ¡qué premio gordo, Nelilla!...
Ypuede que no seas agradecida... no, no lo serás.... No he conocido aningún pobre que tenga
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