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Marianela

No lo había dicho, cuando Florentina ofreció a Marianela el jicarón contodo lo demás que en
la mesa había. Resistíase a aceptar el convite; mascon tanta bondad y con tan graciosa llaneza
insistió la señorita dePenáguilas, que no hubo más que decir. Miraba de reojo D. Manuel a
suhija, cual si no se hallara completamente satisfecho de los progresos deella en el arte de la
buena educación, porque una de las partesprincipales de esta consistía, según él, en una fina
apreciación de losgrados de urbanidad con que debía obsequiarse a las diferentes personassegún
su posición, no dando a ninguna ni más ni menos de lo que lecorrespondía con arreglo al fuero
social; y de este modo quedaban todosen su lugar y la propia dignidad se sublimaba,
conservándose en el justomedio de la cortesía, el cual estriba en no ensoberbecerse
demasiadodelante de los ricos, ni humillarse demasiado delante de los pobres...ni humillarse
demasiado delante de los pobres....
Luego que fue tomado el chocolate, don Francisco dijo:
—Váyase fuera toda la gente menuda. Hijo mío, hoy es el último día queD. Teodoro te
permite salir fuera de casa. Los tres pueden ir a paseo,mientras mi hermano y yo vamos a echar
un vistazo al ganado.... Pájaros,a volar.
No necesitaron que se les rogara mucho. Convidados de la hermosura deldía, volaron los
jóvenes al campo.
-XV-
Los tres
Estaba la señorita de pueblo muy gozosa en medio de las risueñaspraderas sin la enojosa traba
de las pragmáticas sociales de su señorpadre, y así, en cuanto se vio a regular distancia de la
casa, empezó acorrer alegremente y a suspenderse de las ramas de los árboles que a sualcance
estaban, para balancearse ligeramente en ellas. Tocaba con lasyemas de sus dedos las moras
silvestres, y cuando las hallaba madurascogía tres, una para cada boca.
—Esta para ti, primito—decía poniéndosela en la boca—y esta para ti,Nela. Dejaré para mí la
más chica.
Al ver cruzar los pájaros a su lado no podía resistir movimientossemejantes a una graciosa
pretensión de volar, y decía: «¿A dónde iránahora esos bribones?» De todos los robles cogía una
rama y abriendo labellota para ver lo que había dentro, la mordía, y al sentir su
amargor,arrojábala lejos. Un botánico atacado del delirio de las clasificacionesno hubiera
coleccionado con tanto afán como ella todas las floresbonitas que le salían al paso, dándole la
bienvenida desde el suelo consus carillas de fiesta. Con lo recolectado en media hora adornó
todoslos ojales de la americana de su primo, los cabellos de la Nela, y porúltimo, sus propios
cabellos.
—A la primita—dijo Pablo—le gustará ver las minas. Nela, ¿no teparece que bajemos?
 
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