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Marianela

Mucha formalidad, hija mía.Las señoritas criadas entre la buena sociedad no hacen eso... no
haceneso....
D. Manuel tenía la costumbre de repetir la última frase de sus párrafoso discursos.
—No se enfade usted, papá—repitió la joven, regresando después de suexpedición infructuosa
hasta ponerse al amparo de las alas del sombreropaterno—. Ya sabe usted que me gusta mucho
el campo y que me vuelvoloca cuando veo árboles, flores, praderas. Como en aquella triste
tierrade Campó donde vivimos no hay nada de esto....
—¡Oh! No hables mal de Santa Irene de Campó, una villa ilustrada, dondese encuentran hoy
muchas comodidades y una sociedad distinguida. Tambiénhan llegado allá los adelantos de la
civilización... de la civilización.Andando a mi lado juiciosamente puedes admirar la Naturaleza;
yo tambiénla admiro sin hacer cabriolas como los volatineros. A las personaseducadas entre una
sociedad escogida se las conoce sólo por el modo deandar y por el modo de contemplar los
objetos todos. Eso de estardiciendo a cada instante: «¡ah!, ¡oh!... ¡qué bonito!... ¡Mire
usted,papá!», señalando a un helecho, a un roble, a una piedra, a un espino, aun chorro de agua,
no es cosa de muy buen gusto.... Creerán que te hascriado en algún desierto.... Con que anda a
mi lado.... La Nela nos dirápor dónde volveremos a casa, porque a la verdad, yo no sé dónde
estamos.
—Tirando a la izquierda por detrás de aquella casa vieja—dijo laNela—se llega muy pronto....
Pero aquí viene el Sr. D. Francisco.
En efecto, apareció D. Francisco gritando:
—Que se enfría el chocolate....
—Qué quieres, hombre.... Mi hija estaba tan deseosa de retozar por elcampo, que no ha
querido esperar, y aquí nos tienes de mata en mata comocabritillos... de mata en mata como
cabritillos.
—A casa, a casa. Ven tú también, Nela, para que tomes chocolate—dijoPenáguilas, poniendo
su mano sobre la cabeza de la vagabunda—. ¿Qué teparece mi sobrina?... Vaya que es guapa....
Florentina, después quetoméis chocolate, la Nela os llevará a pasear a entrambos, a Pablo y ati, y
verás todas las hermosuras del país, las minas, el bosque, elrío....
Florentina dirigió una mirada cariñosa a la infeliz criatura, que a sulado parecía hecha
expresamente por la Naturaleza para hacer resaltarmás la perfección y magistral belleza de
algunas de sus obras.
Al llegar a la casa esperábalos la mesa con las jícaras donde aún hervíael espeso licor
guayaquileño y un montoncillo de rebanadas de pan.También estaba en expectativa la
mantequilla, puesta entre hojas dehelechos, sin que faltaran algunas pastas y golosinas. Los
vasostransparente y fresca agua reproducían en su convexo cristal estasbellezas gastronómicas,
agrandándolas.
—Hagamos algo por la vida—dijo D. Francisco, sentándose.
—Nela—indicó Pablo—tú también tomarás chocolate.
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