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Marianela

—Mi hermano me pedía pan—añadió Teodoro—y yo le respondía: «¿Pan hasdicho?, toma
matemáticas...» Un día mi amo me dio entradas para elteatro de la Cruz; llevé a mi hermano y
nos divertimos mucho; peroCarlos cogió una pulmonía.... ¡Obstáculo terrible, inmenso! Esto
erarecibir un balazo al principio de la acción.... Pero no, ¿quiéndesmaya?, adelante... a curarle se
ha dicho. Un profesor de la Facultad,que me había tomado gran cariño, se prestó a curarle.
—Fue milagro de Dios que me salvara en aquel cuchitril inmundo, almacénde trapo viejo, de
hierro viejo y de cuero viejo.
—Dios estaba con nosotros... bien claro se veía.... Habíase puesto denuestra parte.... ¡Oh, bien
sabía yo a quién me arrimaba!—prosiguióTeodoro, con aquella elocuencia nerviosa, rápida,
ardiente, que era tansuya como las melenas negras y la cabeza de león—. Para que mi
hermanotuviera medicinas fue preciso que yo me quedara sin ropa. No puedenandar juntas la
farmacopea y la indumentaria. Receta tras receta, elenfermo consumió mi capa, después mi
levita... mis calzones seconvirtieron en píldoras.... Pero mis amos no me abandonaban... volví
atener ropa y mi hermano salió a la calle. El médico me dijo: «que vaya aconvalecer al campo...»
Yo medité... ¿Campo dijiste? Que vaya a laescuela de Minas. Mi hermano era gran matemático.
Yo le enseñé laquímica... pronto se aficionó a los pedruscos, y antes de entrar en laescuela, ya
salía al campo de San Isidro a recoger guijarros.... Yoseguía adelante en mi navegación por entre
olas y huracanes.... Cada díaera más médico. Un famoso operador me tomó por ayudante; dejé
de sercriado.... Empecé a servir a la ciencia... mi amo cayó enfermo; asistilecomo una hermana
de la Caridad.... Murió, dejándome un legado... ¡cosagraciosa! Consistía en un bastón, una
máquina para hacer cigarrillos, uncuerno de caza y cuatro mil reales en dinero. ¡Una fortuna!...
Mihermano tuvo libros, yo ropa, y cuando me vestí de gente, empecé a tenerenfermos. Parece
que la humanidad perdía la salud sólo por darmetrabajo.... ¡Adelante, siempre adelante!...
Pasaron años, años... al finvi desde lejos el puerto de refugio después de grandes tormentas....
Mihermano y yo bogábamos sin gran trabajo... ya no estábamos tristes....Dios sonreía dentro de
nosotros. ¡Bien por los Golfines!... Dios leshabía dado la mano. Yo empecé a estudiar los ojos y
en poco tiempodominé la catarata; pero yo quería más.... Gané algún dinero; pero mihermano
consumía bastante.... Al fin Carlos salió de la escuela...¡Vivan los hombres valientes!... Después
de dejarle colocado enRiotinto, con un buen sueldo, me marché a América. Yo había sido
unaespecie de Colón, el Colón del trabajo; y una especie de Hernán Cortés;yo había descubierto
en mí un Nuevo Mundo, y después de descubrirlo, lohabía conquistado.
—Alábate, pandero—dijo Sofía riendo.
—Si hay héroes en el mundo, tú eres uno de ellos—afirmó Carlos,demostrando gran
admiración por su hermano.
—Prepárese usted ahora, señor semi-Dios—dijo Sofía—a coronar todassus hazañas haciendo
un milagro, que milagro será dar la vista a unciego de nacimiento.... Mira, allí sale D. Francisco
a recibirnos.
Avanzando por lo alto del cerro que limita las minas del lado dePoniente, habían llegado a
Aldeacorba y a la casa del señor dePenáguilas, que echándose el chaquetón a toda prisa, salió al
encuentrode sus amigos. Caía la tarde.
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