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Marianela

-IX-
Los Golfines
Teodoro Golfín no se aburría en Socartes. El primer día después de sullegada pasó largas
horas en el laboratorio con su hermano, y en lossiguientes recorrió de un cabo a otro las minas,
examinando y admirandolas distintas cosas que allí había, que ya pasmaban por la grandeza
delas fuerzas naturales, ya por el poder y brío del arte de los hombres.Por las noches, cuando
todo callaba en el industrioso Socartes, quedandosólo en actividad los bullidores hornos, el buen
doctor que era muyentusiasta músico, se deleitaba oyendo tocar el piano a su cuñada
Sofía,esposa de Carlos Golfín y madre de varios chiquillos que se habíanmuerto.
Los dos hermanos se profesaban el más vivo cariño. Nacidos en la clasemás humilde, habían
luchado solos en edad temprana por salir de laignorancia y de la pobreza, viéndose a punto de
sucumbir diferentesveces; mas tanto pudo en ellos el impulso de una voluntad heroica, queal fin
llegaron jadeantes a la ansiada orilla, dejando atrás las turbiasolas en que se agita en constante
estado de naufragio el grosero vulgo.
Teodoro, que era el mayor, fue médico antes que Carlos ingeniero. Ayudóa éste con todas sus
fuerzas mientras el joven lo necesitara, y cuandole vio en camino, tomó el que anhelaba su
corazón aventurero, yéndose aAmérica. Allá trabajó juntamente con otros afamados médicos
europeos,adquiriendo bien pronto fama y dinero. Hizo un viaje a España, tornó alNuevo Mundo,
vino más tarde para regresar al poco tiempo. En cada una deestas excursiones daba la vuelta a
Europa para apropiarse los progresosde la ciencia oftálmica que cultivaba.
Era un hombre de facciones bastas, moreno, de fisonomía tan inteligentecomo sensual, labios
gruesos, pelo negro y erizado, mirar centelleante,naturaleza incansable, constitución fuerte, si
bien algo gastada por elclima americano. Su cara grande y redonda, su frente huesuda, su
melenarebelde, aunque corta, el fuego de sus ojos, sus gruesas manos, habíansido motivo para
que dijeran de él: «es un león negro». En efectoparecía un león, y como el rey de los animales,
no dejaba de manifestara cada momento la estimación en que a sí mismo se tenía. Pero la
vanidadde aquel hombre insigne era la más disculpable de todas las vanidades,pues consistía en
sacar a relucir dos títulos de gloria, a saber: supasión por la cirugía y la humildad de su origen.
Hablaba por lo generalincorrectamente, por ser incapaz de construir con gracia y elegancia
lasoraciones. Eran sus frases rápidas y entrecortadas conforme a la emisiónde su pensamiento,
que era una especie de emisión eléctrica. Muchasveces Sofía, al pedirle su opinión sobre
cualquier cosa, decía: «A verlo que piensa de esto la Agencia Havas».
—Nosotros—solía decir Teodoro—aunque descendemos de las yerbas delcampo, que es el
más bajo linaje que se conoce, nos hemos hecho árbolescorpulentos.... ¡Viva el trabajo y la
iniciativa del hombre!...
Yo creo que los Golfines, aunque aparentemente venimos de maragatos,tenemos sangre
inglesa en nuestras venas.... Hasta nuestro apellidoparece que es de pura casta sajona. Yo lo
descompondría de este modo:Gold, oro... to find, hallar.... Es, como si dijéramos, buscador
 
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