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Marianela

—No, es que lloras. Pues has de saber que me lo decía el corazón. Túeres la misma bondad; tu
alma y la mía están unidas por un lazomisterioso y divino: no se pueden separar, ¿verdad? Son
dos partes deuna misma cosa, ¿verdad?
—Verdad.
—Tus lágrimas me responden más claramente que cuanto pudieras decir.¿No es verdad que
me querrás mucho lo mismo si me dan vista que sicontinúo privado de ella?
—Lo mismo, sí, lo mismo—dijo la Nela con vehemencia y turbación.
—¿Y me acompañarás?...
—Siempre, siempre.
—Oye tú—exclamó el ciego con amoroso arranque—si me dan a escogerentre no ver y
perderte, prefiero....
—Prefieres no ver.... ¡Oh! ¡Madre de Dios divino, qué alegría tengodentro de mí!
—Prefiero no ver con los ojos tu hermosura, porque yo la veo dentro demí clara como la
verdad que proclamo interiormente. Aquí dentro estás, ytu persona me seduce y enamora más
que todas las cosas.
—Sí, sí, sí—afirmó la Nela con desvarío—yo soy hermosa, soy muyhermosa.
—Oye tú—exclamó el ciego con amoroso arranque—tengo unpresentimiento... sí, un
presentimiento. Dentro de mí parece que estáDios hablándome y diciéndome que tendré ojos,
que te veré, que seremosfelices.... ¿No sientes tú lo mismo?
—Yo.... El corazón me dice que me verás... pero me lo dicepartiéndoseme.
—Veré tu hermosura ¡qué felicidad!—exclamó el ciego con la expresióndelirante que era
propia de él en ciertos momentos—. Pero si ya la veo;si la veo dentro de mí, clara como la
verdad que proclamo y que me llenatodo....
—Sí, sí, sí...—repitió la Nela con desvarío, espantados los ojos,trémulos los labios—. Yo soy
hermosa, soy muy hermosa.
—Bendita seas tú...
—¡Y tú!—añadió ella besándole en la frente—. ¿Tienes sueño?
—Sí, principio a tener sueño. No he dormido anoche. Estoy tan bienaquí...
—Duérmete, niño....
Principió a cantar como se canta a los niños para que se duerman. Pocodespués Pablo dormía.
La Nela oyó de nuevo la voz de la Trascava,diciéndole:
—Hija mía... aquí, aquí.
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