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Marianela

—¡Miren el sabihondo! Abajo se están mientras se van limpiando depecados; que después
suben volando arriba. La Virgen les espera. Sí,créelo, tonto. Las estrellas, ¿qué pueden ser sino
las almas de los queya están salvos? ¿Y no sabes tú que las estrellas bajan? Pues yo, yomisma las
he visto caer así, así, haciendo una raya. Sí, señor, lasestrellas bajan cuando tienen que decirnos
alguna cosa.
—¡Ay, Nela!—exclamó Pablo vivamente—. Tus disparates, con serlo tangrandes, me
cautivan y embelesan, porque revelan el candor de tu alma yla fuerza de tu fantasía. Todos esos
errores responden a una disposiciónmuy grande para conocer la verdad, a una poderosa facultad
tuya, quesería primorosa si estuvieras auxiliada por la razón y la educación....Es preciso que tú
adquieras un don precioso de que yo estoy privado; espreciso que aprendas a leer.
—¡A leer!... ¿Y quién me ha de enseñar?
—Mi padre. Yo le rogaré a mi padre que te enseñe. Ya sabes que él no meniega nada. ¡Qué
lástima tan grande que vivas así! Tu alma está llena depreciosos tesoros. Tienes bondad sin igual
y fantasía seductora. De todolo que Dios tiene en su esencia absoluta te dio a ti parte muy
grande.Bien lo conozco; no veo lo de fuera, pero veo lo de dentro, y todas lasmaravillas de tu
alma se me han revelado desde que eres mi lazarillo...¡Hace año y medio! Parece que fue ayer
cuando empezaron nuestrospaseos.... No, hace miles de años que te conozco. ¡Porque hay
unarelación tan grande entre lo que tú sientes y lo que yo siento!... Hasdicho ahora mil
disparates, y yo, que conozco algo de la verdad acercadel mundo y de la religión, me he sentido
conmovido y entusiasmado aloírte. Se me antoja que hablas dentro de mí.
—¡Madre de Dios!—exclamó la Nela, cruzando las manos—. ¿Tendrá esoalgo que ver con lo
que yo siento?
—¿Qué?
—Que estoy en el mundo para ser tu lazarillo, y que mis ojos noservirían para nada si no
sirvieran para guiarte y decirte cómo sontodas las hermosuras de la tierra.
El ciego irguió su cuello repentina y vivísimamente, y extendiendo susmanos hasta tocar el
cuerpecillo de su amiga, exclamó con afán:
—Dime, Nela, ¿y cómo eres tú?
La Nela no dijo nada. Había recibido una puñalada.
-VII-
Más tonterías
Habían descansado. Siguieron adelante, hasta llegar a la entrada delbosque que hay más allá
de Saldeoro. Detuviéronse entre un grupo deviejos nogales, cuyos troncos y raíces formaban en
 
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