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Marianela

El vapor principió a zumbar en las calderas del gran automóvil, quehacía funcionar a un
tiempo los aparatos de los talleres y el aparato delavado. El agua, que tan principal papel
desempeñaba en esta operación,comenzó a correr por las altas cañerías, de donde debía saltar
sobre loscilindros. Risotadas de mujeres y ladridos de hombres que venían detomar la mañana,
precedieron a la faena; y al fin empezaron a girar lascribas cilíndricas con infernal chillido; el
agua corría de una en otra,pulverizándose, y la tierra sucia se atormentaba con
vertiginosovoltear, rodando y cayendo de rueda en rueda, hasta convertirse en finopolvo
achocolatado. Sonaba aquello como mil mandíbulas de dientes flojosque mascaran arena;
parecía molino por el movimiento mareante;kaleidoscopio, por los juegos de la luz, del agua y de
la tierra; enormesonajero, de innúmeros cachivaches compuesto, por el ruido. No se podíafijar la
atención, sin sentir vértigo, en aquel voltear incesante de unainfinita madeja de hilos de agua, ora
claros y transparentes, orateñidos de rojo por la arcilla ferruginosa; ni cabeza humana que
noestuviera hecha a tal espectáculo, podría presenciar el feroz combate demil ruedas dentadas
que sin cesar se mordían unas a otras, y de ganchosque se cruzaban royéndose, y de tornillos
que, al girar, clamaban conlastimero quejido pidiendo aceite.
El lavado estaba al aire libre. Las correas de transmisión veníanzumbando desde el
departamento de la máquina. Otras correas se pusieronen movimiento, y entonces oyose un
estampido rítmico, un horrísonocompás, a la manera de gigantescos pasos o de un violento
latidointerior de la madre tierra. Era el gran martillo-pilón del taller, quehabía empezado a
funcionar. Su formidable golpe machacaba el hierro comoblanda pasta, y esas formas de ruedas,
ejes y raíles, que nos pareceneternas por lo duras, empezaban a desfigurarse, torciéndose y
haciendomuecas, como rostros afligidos. El martillo, dando porrazos uniformes,creaba formas
nuevas tan duras como las geológicas, que son obralaboriosa de los siglos. Se parecen mucho, sí,
las obras de la fuerza alas de la paciencia.
Hombres negros, que parecían el carbón humanado, se reunían en torno alos objetos de fuego
que salían de las fraguas, y cogiéndolos conaquella prolongación incandescente de los dedos a
quien llaman tenazas,los trabajaban. ¡Extraña escultura la que tiene por genio al fuego y
porcincel al martillo! Las ruedas y ejes de los millares de vagonetes, laspiezas estropeadas del
aparato de lavado, recibían allí compostura yeran construidos los picos, azadas y carretillas. En
el fondo del tallerlas sierras hacían chillar la madera, y aquel mismo hierro, educado enel trabajo
por el fuego, destrozaba las generosas fibras del árbolarrancado a la tierra.
También afuera las mulas habían sido enganchadas a los largos trenes devagonetes. Veíaselas
pasar arrastrando tierra inútil para verterla enlos taludes, o mineral para conducirlo al lavadero.
Cruzábanse unos conotros aquellos largos reptiles, sin chocar nunca. Entraban por la bocade las
galerías, siendo entonces perfecta su semejanza con losresbaladizos habitantes de las húmedas
grietas, y cuando en lasoscuridades del túnel relinchaba la indócil mula, creeríase que lossaurios
disputaban chillando. Allá en lo último, en las más remotascañadas, centenares de hombres
golpeaban con picos la tierra paraarrancarle, pedazo a pedazo, su tesoro. Eran los escultores de
aquellascaprichosas e ingentes figuras que permanecían en pie, atentas, congravedad silenciosa,
a la invasión del hombre en las misteriosas esferasgeológicas. Los mineros derrumbaban aquí,
horadaban allá, cavaban máslejos, rasguñaban en otra parte, rompían la roca cretácea,
desbaratabanlas graciosas láminas de pizarra samnita y esquistosa, despreciaban lacaliza
arcillosa, apartaban la limonita y el oligisto, destrozaban lapreciosa dolomía, revolviendo
incesantemente hasta dar con el silicatode zinc, esa plata de Europa, que, no por ser la materia de
que se hacenlas cacerolas, deja de ser grandiosa fuente de bienestar y civilización.Sobre ella ha
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