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Marianela

Y lo creía como el Evangelio. En su cerrada mollera no entraban nipodían entrar otras luces
sobre el santo ejercicio de la caridad; nocomprendía que una palabra cariñosa, un halago, un
trato delicado yamante que hicieran olvidar al pequeño su pequeñez, al miserable sumiseria, son
heroísmos de más precio que el bodrio sobrante de una malacomida. ¿Por ventura no se daba lo
mismo al gato? Y este al menos oíalas voces más tiernas. Jamás oyó la Nela que se la llamara
michita,monita, ni que le dijeran re-preciosa, ni otros vocablos melosos yconmovedores con que
era obsequiado el gato.
Jamás se le dio a entender a la Nela que había nacido de criaturahumana, como los demás
habitantes de la casa. Nunca fue castigada; peroella entendió que este privilegio se fundaba en la
desdeñosa lástima queinspiraba su menguada constitución física, y de ningún modo en elaprecio
de su persona. Nunca se le dio a entender que tenía un almapronta a dar ricos frutos si se la
cultivaba con esmero, ni que llevabaen sí, como los demás mortales, ese destello del eterno saber
que senombra inteligencia humana, y que de aquel destello podían salirinfinitas luces y lumbre
bienhechora. Nunca se le dio a entender que ensu pequeñez fenomenal llevaba en sí el germen de
todos los sentimientosnobles y delicados, y que aquellos menudos brotes podían ser
floreshermosísimas y lozanas, sin más cultivo que una simple mirada de vez encuando. Nunca se
le dio a entender que tenía derecho, por el mismo rigorde la Naturaleza al criarla, a ciertas
atenciones de que pueden estarexentos los robustos, los sanos, los que tienen padres y casa
propia;pero que corresponden por jurisprudencia cristiana al inválido, alpobre, al huérfano y al
desheredado.
Por el contrario, todo le demostraba su semejanza con un canto rodado,el cual ni siquiera tiene
forma propia, sino aquella que le dan lasaguas que lo arrastran y el puntapié del hombre que lo
desprecia. Todole demostraba que su jerarquía dentro de la casa era inferior a la delgato, cuyo
lomo recibía las más finas caricias, y a la del mirlo quesaltaba en su jaula.
Al menos, de estos no se dijo nunca con cruel compasión: «Pobrecita,mejor cuenta le hubiera
tenido morirse».
-V-
Trabajo. Paisaje. Figura
El humo de los hornos que durante toda la noche velaban respirando conbronco resoplido se
plateó vagamente en sus espirales más remotas;apareció risueña claridad por los lejanos términos
y detrás de losmontes, y poco a poco fueron saliendo sucesivamente de la sombra loscerros que
rodean a Socartes, los inmensos taludes de tierra rojiza, losnegros edificios. La campana del
establecimiento gritó con aguda voz:«Al trabajo», y cien hombres soñolientos salieron de las
casas,cabañas, chozas y agujeros. Rechinaban los goznes de las puertas; de lascuadras salían
pausadamente las mulas, dirigiéndose solas al abrevadero,y el establecimiento, que poco antes
semejaba una mansión fúnebrealumbrada por la claridad infernal de los hornos, se animaba
moviendosus miles de brazos.
 
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