Esta suposición absurda que Ulises formuló mentalmente, con
incrédula ytriste sonrisa, se repitió al mismo tiempo en el
pensamiento simple demuchas gentes de la Marina.
Se negaban á creer en su muerte. Un brujo no se ahoga. Habría
encontradoabajo algo muy interesante, y cuando se cansase de
vivir en las verdesprofundidades volvería nadando á su casa.
No; el Dotor no había muerto.
Y durante muchos años, las mujeres que seguían la costa al
anochecerapresuraron el paso, persignándose, al distinguir en las
aguas obscurasun madero ó un paquete de algas. Temían que
surgiese de pronto elTritón, barbudo, lúbrico, chorreante,
volviendo de su correría por lasmisteriosas entrañas del mar.
El nombre de Ulises Ferragut empezó á ser famoso entre los
capitanes delos puertos españoles. Las aventuras náuticas de su
primera épocaentraban por muy poco en esta popularidad. Los
más de ellos habíanarrostrado mayores peligros, y si le
apreciaban, era por el instintivorespeto que sienten los hombres
enérgicos y simples ante unainteligencia que consideran
superior. Sin otras lecturas que las de sucarrera, hablaban con
asombro de los numerosos libros que llenaban elcamarote de
Ferragut, muchos de ellos sobre materias que les
parecíanmisteriosas. Algunos hasta hacían afirmaciones
inexactas para completarel prestigio de su camarada:
