Don Esteban sentía cierta satisfacción en molestar á su
hermano haciendoel elogio de una existencia sedentaria y
fructuosa.
Allá en las costas de Cataluña vivían sus cuñados los Blanes,
unosverdaderos lobos de mar. Esto último no lo podría
contradecir el médico.Pues bien; sus hijos estaban en Barcelona,
unos como dependientes decomercio, otros plumeando en el
despacho de su tío el rico. Todos eranhijos de marinos, y sin
embargo se habían emancipado del mar. En tierrafirme estaban
los negocios. Sólo las cabezas locas podían pensar enbarcos y
aventuras.
El Tritón sonreía humildemente ante estas alusiones y cruzaba
miradascon su sobrino.
Un secreto existía entre los dos. Ulises, que terminaba su
bachillerato,asistía al mismo tiempo en el Instituto á los cursos
de pilotaje. Dosaños le bastaban para completar estos estudios.
El tío le habíafacilitado las matrículas y los libros,
recomendándolo además á uno delos profesores, antiguo
compañero de navegación.
Cuando murió casi repentinamente don Esteban Ferragut, su
hijo teníadiez y ocho años y estudiaba en la Universidad.
En sus últimos tiempos, el notario llegó á sospechar que Ulises
no iba áser el jurisconsulto célebre que él había soñado. Huía de
