Ulises protestó. ¿Perderla?... No podía vivir sin ella.
—Yo conozco tu existencia anterior: me la has contado... Tu
nada sabesde mí, y debes conocerme, ya que soy tuya.
El marino movió la cabeza: nada más justo.
—Te he engañado, Ulises... Yo no soy italiana.
Ferragut sonrió. ¡Si sólo consistía en esto el engaño!... Desde
el díaen que se hablaron por primera vez, yendo á Pestum, había
adivinado quelo de su nacionalidad era una mentira.
—Mi madre fué italiana. Te lo juro... Pero mi padre no lo era...
Se detuvo un momento. El marino la escuchó con interés,
vuelta laespalda á la mesa.
Al despertar Tòni todas las mañanas con las primeras luces del
alba,experimentaba una sensación de sorpresa y desaliento.
—¡Todavía en Nápoles!—decía mirando por el ventano de su
camarote.
Luego contaba los días. Diez iban transcurridos desde que el
Marenostrum, terminadas sus reparaciones, había anclado en el
puertocomercial.
—Veinticuatro horas más—añadía mentalmente el segundo.
