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Mare Nostrum

las clases,para pasar la mañana en el puerto ejercitándose en el
remo. Si entrabaen la Universidad, los bedeles le vigilaban,
temiendo la largura de susmanos. El se creía un marino, é
imitaba á los hombres de mar, que,acostumbrados á medirse con
los elementos, consideran poca cosa reñircon un hombre.
Con violentas alternativas de estudio y de holganza se
aproximabatrabajosamente al término de su carrera, cuando una
angina de pechoacabó de pronto con el notario.
Doña Cristina, al salir de la estupefacción de su dolor, miró en
tornode ella con extrañeza. ¿Por qué seguir en Valencia?...
Quiso reunirsecon los suyos al verse sin el hombre que la había
trasplantado á estepaís. El poeta Labarta cuidaría de sus bienes,
que no eran tancuantiosos como lo hacía esperar el rendimiento
de la notaría. DonEsteban había sufrido grandes pérdidas en
negocios extravagantesaceptados por bondad; pero aun así,
dejaba fortuna suficiente para quela esposa viviese una
desahogada viudez entre sus parientes deBarcelona.
La pobre señora no sufrió otra contrariedad en el arreglo de su
nuevaexistencia que la rebeldía de Ulises. Se negaba á continuar
su carrera:quería embarcarse, alegando que para esto se había
hecho piloto. En vanodoña Cristina impetró el auxilio de
parientes y amigos, prescindiendodel Tritón, pues adivinaba su
respuesta. El hermano rico de Barcelonafué breve y afirmativo:
«¿Si eso le da dinero?...» Los Blanes de lacosta mostraron un
sombrío fatalismo. Era inútil oponerse si el muchachosentía
vocación. El mar agarra bien á sus elegidos, y no hay
poderhumano que logre desasirlos. Por eso ellos, que ya eran
viejos, no oíaná sus hijos que les llamaban á las comodidades de
la capital.Necesitaban vivir junto á la costa, en agradecido
contacto con elmonstruo obscuro y pesado que les había mecido
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