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Mare Nostrum

Los ojos de la madre imploraban al pequeño con desesperada
súplica: «Diarzobispo, rey mío.» Para la buena señora, su hijo
no podía debutar deotro modo en la carrera de la Iglesia.
El notario hablaba, por su parte, con seguridad, sin consultar
alinteresado. Sería un jurisconsulto eminente; los miles de duros
rodaríanhacia él como si fuesen céntimos; figuraría en las
solemnidadesuniversitarias con una esclavina de raso carmesí y
un birrete chorreandopor sus múltiples caras la gloria hilada del
doctorado. Los estudiantesescucharían respetuosos al pie de su
cátedra. ¡Quién sabe si le estabareservado el gobierno de su
país!...
Ulises interrumpía estas imágenes de futura grandeza:
—Quiero ser capitán.
El poeta aprobaba. Sentía el irreflexivo entusiasmo de todos
lospacíficos, de todos los sedentarios, por el penacho y el sable.
A lavista de un uniforme, su alma vibraba con la ternura
amorosa del ama decría que se ve cortejada por un soldado.
—¡Muy bien!—decía Labarta—. ¿Capitán de qué?... ¿De
artillería?...¿De Estado Mayor?
Una pausa.
—No; capitán de buque.
Don Esteban miraba el techo, alzando las manos. Bien sabía él
quién erael culpable de esta disparatada idea, quién metía tales
absurdos en lacabeza de su hijo.
Y pensaba en su hermano el médico, que vivía retirado en la
casapaterna, allá en la Marina, un hombre excelente pero algo
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