maséste ya no era foso, sino la represa del molino; el castillo feudaltambién mudaba de hechura
sin saberse cómo; ahora se parecía a laclásica torre que tienen en las manos las imágenes de
Santa Bárbara; unaconstrucción de cartón pintado, hecha de sillares muy cuadraditos, y acuya
ventana asomaba un rostro de mujer pálido, descompuesto.... Aquellamujer sacó un pie, luego
otro... fue descolgándose por la ventanaabajo.... ¡Qué asombro! ¡Era la sota de bastos, la
mismísima sota debastos, muy sucia, muy pringosa! Al pie del muro la esperaba el caballode
espadas, una rara alimaña azul, con la cola rayada de negro. Mas apoco Julián reconoció su
error: ¡qué caballo de espadas! No era sino SanJorge en persona, el valeroso caballero andante
de las celestialesmilicias, con su dragón debajo, un dragón que parecía araña, en cuyatenazuda
boca hundía la lanza con denuedo.... Brillante y aguda, la lanzadescendía, se hincaba, se
hincaba.... Lo sorprendente es que el lanzazolo sentía Julián en su propio costado.... Lloraba muy
bajito, queriendohablar y pedir misericordia; nadie acudía en su auxilio, y la lanza letenía ya
atravesado de parte a parte.... Despertó repentinamente,resintiéndose de una punzada dolorosa en
la mano derecha, sobre la cualhabía gravitado el peso del cuerpo todo, al acostarse del
ladoizquierdo, posición favorable a las pesadillas.
Los sueños de las noches de terror suelen parecer risibles apenasdespunta la claridad del
nuevo día; pero Julián, al saltar de la cama,no consiguió vencer la impresión del suyo. Proseguía
el hervor de laimaginación sobrexcitada: miró por la ventana, y el paisaje le pareciótétrico y
siniestro; verdad es que entoldaban la bóveda celestenubarrones de plomo con reflejos lívidos, y
que el viento, sordo unasveces y sibilante otras, doblaba los árboles con ráfagas repentinas.
Elcapellán bajó la escalera de caracol con ánimo de decir su misa, que acausa del mal estado de
la capilla señorial acostumbraba celebrar en laparroquia. Al regresar y acercarse a la entrada de
los Pazos, unremolino de hojas secas le envolvió los pies, una atmósfera fría lesobrecogió, y la
gran huronera de piedra se le presentó imponente,ceñuda y terrible, con aspecto de prisión, como
el castillo que habíavisto soñando. El edificio, bajo su toldo de negras nubes, con el
ruidotemeroso del cierzo que lo fustigaba, era amenazador y siniestro. Juliánpenetró en él con el
alma en un puño. Cruzó rápidamente el heladozaguán, la cavernosa cocina, y, atravesando los
salones solitarios, seapresuró a refugiarse en la habitación de Nucha, donde
acostumbrabanservirle el chocolate por orden de la señorita.
Encontró a ésta algo más desemblantada que de costumbre. Al abatimientoque de ordinario se
revelaba en su rostro afilado, se agregaba unacontracción y un azoramiento, indicios de gran
tirantez nerviosa. Teníaa la niña en brazos, y al ver llegar a Julián le hizo rápidamente señade
que ni chistase ni se menease, que el angelito andaba en tratos dealetargarse al calor del seno
maternal. Inclinada sobre la criatura,Nucha le echaba el aliento para mejor adormecerla, y
arreglaba confebriles movimientos el pañolón calcetado que envolvía, como el capulloa la oruga,
aquella vida naciente. Pestañeó la niña dos o tres veces, yluego cerró los ojitos, mientras su
madre no cesaba de arrullarla conuna nana aprendida del ama, una especie de gemido cuya base
era eltriste, ¡lai... lai!, la queja lenta y larga de todas las cancionespopulares en Galicia. El canto
fue descendiendo, hasta concluir en lapronunciación melancólica y cariñosa de una sola letra, la

