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Gatsby
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sitiales escultados, con asiento de cuero también; y entre eltrigo y el estrado, sentadas en tallos
(asientos de tronco de roblebruto, como los que usan los labriegos más pobres), dos viejas
secas,pálidas, derechas, vestidas de hábito del Carmen, ¡hilaban!
Jamás había creído la señora de Moscoso que vería hilar más que en lasnovelas o en los
cuentos, a no ser a las aldeanas, y le produjo singularefecto el espectáculo de aquellas dos
estatuas bizantinas, que talesparecían por su quietud y los rígidos pliegues de su ropa, manejando
elhuso y la rueca, y suspendiendo a un mismo tiempo la labor cuando ellaentró. En nombre de
las dos estatuas—que eran las tías paternas delseñorito de Limioso—había visitado éste a Nucha;
vivía también en elPazo el padre, paralítico y encamado, pero a éste nadie le echaba lavista
encima; su existencia era como un mito, una leyenda de la montaña.Las dos ancianas se
irguieron y tendieron a Nucha los brazos conmovimiento tan simultáneo que no supo a cuál de
ellas atender, y a lavez y en las dos mejillas sintió un beso de hielo, un beso dado sinlabios y
acompañado del roce de una piel inerte. Sintió también que leasían las manos otras manos
despojadas de carne, consuntas, amojamadas ymomias; comprendió que la guiaban hacia el
estrado, y que le ofrecíanuno de los sitiales, y apenas se hubo sentado en él, conoció con
terrorque el asiento se desvencijaba, se hundía; que se largaba cada pedazodel sitial por su lado
sin crujidos ni resistencia; y con el instinto dela mujer encinta, se puso de pie, dejando que la
última prenda delesplendor de los Limiosos se derrumbase en el suelo para siempre....
Salieron del goteroso Pazo cuando ya anochecía, y sin que se locomunicasen, sin que ellos
mismos pudiesen acaso darse cuenta de ello,callaron todo el camino porque les oprimía la
tristeza inexplicable delas cosas que se van.
Debía el sucesor de los Moscosos andar ya cerca de este mundo, porqueNucha cosía sin
descanso prendas menudas semejantes a ropa de muñecas. Apesar de la asiduidad en la labor, no
se desmejoraba, al contrario,parecía que cada pasito de la criatura hacia la luz del día era
enbeneficio de su madre. No podía decirse que Nucha hubiese engruesado,pero sus formas se
llenaban, volviéndose suaves curvas lo que antes eranángulos y planicies. Sus mejillas se
sonroseaban, aunque le velabafrente y sienes esa ligera nube oscura conocida por paño. Su
pelonegro parecía más brillante y copioso; sus ojos, menos vagos y máshúmedos; su boca, más
fresca y roja. Su voz se había timbrado con notasgraves. En cuanto al natural aumento de su
persona, no era mucho ni laafeaba, prestando solamente a su cuerpo la dulce pesadez que se nota
enel de la Virgen en los cuadros que representan la Visitación. Lacolocación de sus manos,
extendidas sobre el vientre como paraprotegerlo, completaba la analogía con las pinturas de tan
tiernoasunto.
Hay que reconocer que don Pedro se portaba bien con su esposa duranteaquella temporada de
expectación. Olvidando sus acostumbradas correríaspor montes y riscos, la sacaba todas las
tardes, sin faltar una, a darpaseítos higiénicos, que crecían gradualmente; y Nucha, apoyada en
subrazo, recorría el valle en que los Pazos de Ulloa se esconden,sentándose en los murallones y
en los ribazos al sentirse muy fatigada.Don Pedro atendía a satisfacer sus menores deseos: en
 

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