Y en efecto, le fueron enseñadas al marqués de Ulloa multitud de cosasque no le importaban
mayormente. Nada le agradó, y experimentó mildecepciones, como suele acontecer a las gentes
habituadas a vivir en elcampo, que se forman del pueblo una idea exagerada. Pareciéronle, y
conrazón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso,húmedas las paredes,
viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño elcircuito de la ciudad, postrado su comercio y
solitarios casi siempresus sitios públicos; y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo
puedeenamorar a un espíritu culto, los grandes recuerdos, la eterna vida delarte conservada en
monumentos y ruinas, de eso entendía don Pedro lomismo que de griego o latín. ¡Piedras
mohosas! Ya le bastaban las de losPazos. Nótese cómo un hidalgo campesino de muy rancio
criterio sehallaba al nivel de los demócratas más vandálicos y demoledores. A pesarde conocer a
Orense y haber estado en Santiago cuando niño, discurría yfantaseaba a su modo lo que debe ser
una ciudad moderna: calles anchas,mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y
flamante, granpolicía, ¿qué menos puede ofrecer la civilización a sus esclavos? Escierto que
Santiago poseía dos o tres edificios espaciosos, la Catedral,el Consistorio, San Martín.... Pero en
ellos existían cosas muy sin razónponderadas, en concepto del marqués: por ejemplo, la Gloria
de laCatedral. ¡Vaya unos santos más mal hechos y unas santas más flacuchas ysin forma
humana!, ¡unas columnas más toscamente esculpidas! Sería dever a alguno de estos sabios que
escudriñan el sentido de un monumentoreligioso, consagrándose a la tarea de demostrar a don
Pedro que elpórtico de la Gloria encierra alta poesía y profundo simbolismo.¡Simbolismo!
¡Jerigonzas! El pórtico estaba muy mal labrado, y lasfiguras parecían pasadas por tamiz. Por
fuerza las artes andabanatrasadísimas en aquellos tiempos de maricastaña. Total, que de
losmonumentos de Santiago se atenía el marqués a uno de fábrica muyreciente: su prima Rita.
La proximidad de la fiesta del Corpus animaba un tanto la soñolientaciudad universitaria, y
todas las tardes había lucido paseo bajo losárboles de la Alameda. Carmen y Nucha solían ir
delante, y las seguíanRita y Manolita, acompañadas por su primo; el padre cubría laretaguardia
conversando con algún señor mayor, de los muchos que existenen el pueblo compostelano,
donde por ley de afinidad parece abundar másque en otras partes la gente provecta. A menudo se
arrimaba a Manolitaun señorito muy planchado y tieso, con cierto empaque ridículo yexageradas
pretensiones de elegancia: llamábase don Víctor de laFormoseda y estudiaba derecho en la
Universidad; don Manuel Pardo leveía gustoso acercarse a sus hijas, por ser el señorito de la
Formosedade muy limpio solar montañés, y no despreciable caudal. No era éste elúnico
mosquito que zumbaba en torno de las señoritas de la Lage. A lasprimeras de cambio notó don
Pedro que así por los tortuosos y lóbregossoportales de la Rúa del Villar, como por las
frondosidades de laAlameda y la Herradura, les seguía y escoltaba un hombre joven,melenudo,
enfundado en un gabán gris, de corte raro y antiguo. Aquelhombre parecía la sombra de las
muchachas: no era posible volver lacabeza sin encontrársele: y don Pedro reparó también que al
surgirdetrás de un pilar o por entre los árboles el rondador perpetuo, la caratriste y ojerosa de
Carmen se animaba, y brillaban sus abatidos ojos. Encambio don Manuel y Nucha daban señales
de inquietud y desagrado.

