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Dios y los santos de la cortecelestial! También a mí se me acaba la cuerda. ¡Vale más ir a
presidioque llevar esta vida!
Mientras se raía con la navaja de barba los contados pelos rubios quebrotaban en sus carrillos,
Julián maduraba un proyecto: afeitado ylimpio que fuese, emprendería el camino de Cebre un
pie tras otro, en elcaballo de San Francisco; allí le pediría al cura una jícara dechocolate, y
esperaría en la rectoral hasta las doce, hora en que pasala diligencia de Orense a Santiago; malo
sería que en interior o cupé nohubiese un asiento vacante. Tenía dispuesto su maletín: lo enviaría
abuscar desde Cebre por un mozo. Y calculando así, miraba contristado elpaisaje ameno, el
huerto con su dormilón estanque, el umbrío manchón delsoto, la verdura de los prados y
maizales, la montaña, el limpiofirmamento, y se le prendía el alma en el atractivo de aquella
dulcesoledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar allí la vidatoda. ¡Cómo ha de ser!
Dios nos lleva y trae según sus fines.... No, noera Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien
lo arrojaba delparaíso.... Le agitó semejante idea y se cortó dos veces la mejilla....Estuvo
próximo a inferirse el tercer rasguño, porque le dieron unapalmada en el hombro.
Se volvió.... ¿Quién había de conocer a don Pedro, tan metamorfoseadocomo venía? Afeitado
también, aunque sin detrimento de su barba, quebrillaba suavizada por el aceite de olor,
trascendiendo a jabón y a ropalimpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué blanco,
hongoazul, y al brazo un abrigo, parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevoy diferente, con
veinte grados más de educación y cultura que elanterior. De golpe lo comprendió todo Julián... y
la sangre le diogozoso vuelco.
—¡Señorito...!
—Ea, despachar, que corre prisa.... Tiene usted que acompañarme aSantiago y necesitamos
llegar a Cebre antes de mediodía.
—¿De veras viene usted? ¡Mismo parece cosa de milagro! Yo estuve hoyarreglando la maleta.
¡Bendito sea Dios! Pero si usted determina que mequede aquí entretanto....
—¡No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me agua la fiesta. Voy a daruna sorpresa al tío
Manolo, y a conocer a las primas, que sólo las hevisto cuando eran unas mocosas.... Si ahora me
desanimo, no vuelvo aanimarme en diez años. Ya he mandado a Primitivo que ensille la yegua
yponga el aparejo a la borrica.
En aquel punto asomó por la puerta un rostro que a Julián se le antojósiniestro, y acaso pensó
otro tanto el marqués, pues preguntóimpaciente:
—Vamos a ver, ¿qué ocurre?
—La yegua—respondió Primitivo sin alzar la voz—no sirve para el camino.
—¿Por qué razón? ¿Puede saberse?
 

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