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Gatsby
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de lanzas y medias anatas, lodisfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón de Galicia. Verdad
queal legítimo marqués de Ulloa, que era Grande de España de primera clase,duque de algo,
marqués tres veces y conde dos lo menos, nadie le conocíaen Madrid sino por el ducado, por
aquello de que baza mayor quita menor,aun cuando el título de Ulloa, radicado en el claro solar
de Cabreira dePortugal, pudiese ganar en antigüedad y estimación a los más eminentes.Al pasar
a una rama colateral la hacienda de los Pazos de Ulloa, fue elmarquesado a donde correspondía
por rigurosa agnación; pero losaldeanos, que no entienden de agnaciones, hechos a que los Pazos
deUlloa diesen nombre al título, siguieron llamando marqueses a los dueñosde la gran huronera.
Los señores de los Pazos no protestaban: eranmarqueses por derecho consuetudinario; y cuando
un labrador, en uncamino hondo, se descubría respetuosamente ante don Pedro,
murmurando:«Vaya usía muy dichoso, señor marqués», don Pedro sentía un cosquilleograto en
la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora:«Felices tardes».
Del famoso arreglo del archivo sacó Julián los pies fríos y la cabezacaliente: él bien quisiera
despabilarse, aplicar prácticamente lasnociones adquiridas acerca del estado de la casa, para
empezar a ejercercon inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, nopodía; su
inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía a cadapaso. Trataba de estudiar el
mecanismo interior de los Pazos: tomábaseel trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de
enterarse de loscultivos, de visitar la granera, el horno, los hórreos, las eras, lasbodegas, los
alpendres, cada dependencia y cada rincón; de preguntarpara qué servía esto y aquello y lo de
más allá, y cuánto costaba y acómo se vendía; labor inútil, pues olfateando por todas partes
abusos ydesórdenes, no conseguía nunca, por su carencia de malicia y degramática parda, poner
el dedo sobre ellos y remediarlos. El señorito nole acompañaba en semejantes excursiones: harto
tenía que hacer conferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío montañés, desuerte que
el guía de Julián era Primitivo. Guía pesimista si los hay.Cada reforma que Julián quería
plantear, la calificaba de imposible,encogiéndose de hombros; cada superfluidad que intentaba
suprimir, ladeclaraba el cazador indispensable al buen servicio de la casa. Ante elcelo de Julián
surgían montones de dificultades menudas, impidiéndolerealizar ninguna modificación útil. Y lo
más alarmante era observar laencubierta, pero real omnipotencia de Primitivo. Mozos,
colonos,jornaleros, y hasta el ganado en los establos, parecía estarlesupeditado y propicio: el
respeto adulador con que trataban al señorito,el saludo, mitad desdeñoso y mitad indiferente que
dirigían al capellán,se convertían en sumisión absoluta hacia Primitivo, no manifestada
porfórmulas exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de su voluntad,indicada a veces con
sólo el mirar directo y frío de sus ojuelos sinpestañas. Y Julián se sentía humillado en presencia
de un hombre quemandaba allí como indiscutible autócrata, desde su ambiguo puesto decriado
con ribetes de mayordomo. Sentía pesar sobre su alma la ojeadaescrutadora de Primitivo que
avizoraba sus menores actos, y estudiaba surostro, sin duda para averiguar el lado vulnerable de
aquel presbítero,sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras garridas.Tal vez la
filosofía de Primitivo era que no hay hombre sin vicio, y nohabía de ser Julián la excepción.
 

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