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Repitió solemnemente y muy despacio:
—La matarán. No me mire usted así. No estoy loca, sólo estoy excitada.He determinado
marcharme e irme a vivir con mi padre. Me parece que estono es ningún pecado, ni tampoco el
llevarme a la pequeña. ¡Y si peco, nome lo diga, Julianciño!... Es resolución irrevocable. Usted
vendráconmigo, porque sola no conseguiría realizar mi plan. ¿Me acompañará?
Julián quiso objetar algo; ¿qué? No lo sabía él mismo. El diminutivocariñoso usado por la
señorita, la febril resolución con que hablaba, levencieron. ¿Negarse a ayudar a la desdichada?
Imposible. ¿Pensar en loque el proyecto tenía de extraño, de inconveniente? Ni se le ocurrió
unminuto. A fuer de criatura candorosa, una fuga tan absurda le parecióhasta fácil. ¿Oponerse a
la marcha? También él había tenido y tenía acada instante miedo, miedo cerval, no sólo por la
niña, sino por lamadre: ¿acaso no se le había ocurrido mil veces que la existencia de lasdos
corría inminente peligro? Además, ¿qué cosa en el mundo dejaría élde intentar por secar aquellos
ojos puros, por sosegar aquel anhelosopecho, por ver de nuevo a la señorita segura, honrada,
respetada,cercada de miramientos en la casa paterna?
Se representaba la escena de la escapatoria. Sería al amanecer. Nuchairía envuelta en muchos
abrigos. Él cargaría con la niña, dormidita yarropadísima también. Por si acaso llevaría en el
bolsillo un tarro conleche caliente. Andando bien llegarían a Cebre en tres horas escasas.Allí se
podían hacer sopas. La nena no pasaría hambre. Tomarían en elcoche la berlina, el sitio más
cómodo. Cada vuelta de la rueda lesalejaría de los tétricos Pazos....
Muy quedito, como quien se confiesa, empezaron a debatir y resolverestos pormenores. Otro
rayo de sol entreabría las nubes, y los santos,en sus hornacinas, parecían sonreír benévolamente
al grupo delbanquillo. Ni la Purísima de sueltos tirabuzones y traje blanco y azul,ni el san
Antonio que hacía fiestas a un niño Jesús regordete, ni el sanPedro con la tiara y las llaves, ni
siquiera el arcángel san Miguel, elcaballero de la ardiente espada, siempre dispuesto a rajar y
hendir aSatanás, revelaban en sus rostros pintados de fresco el más leve enojocontra el capellán,
ocupado en combinar los preliminares de un rapto entoda regla, arrebatando una hija a su padre y
una mujer a su legítimodueño.
Al llegar aquí de la narración, es preciso acudir, para completarla, alas reminiscencias que
grabaron para siempre en la imaginación del lindorapazuelo, hijo de Sabel, los sucesos de la
memorable mañana en que porúltima vez ayudó a misa al bonachón de don Julián (el cual, por
másseñas, solía darle dos cuartos una vez terminado el oficio divino).
El primer recuerdo que Perucho conserva es que, al salir de la capilla,quedóse muy triste
arrimado a la puerta, porque aquel día el capellán nole había dado cosa alguna. Chupándose el
dedo y en actitud meditabundapermaneció allí unos instantes, hasta que la misma falta de los
doscuartos acostumbrados le descubrió un rayo de luz: ¡su abuelo le habíaprometido otros dos si
le avisaba cuando la señora se quedase en lacapilla después de oída la misa! Raciocinando con
 

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