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Gatsby
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—¡Caramelos!—rugió el arcipreste, sin que se le ocurriese una solapalabra más. Tardó aún
cosa de dos minutos en recobrar la expedición dela lengua y en poder escupir al ventarrón, cada
vez más desencadenado yfurioso, una retahíla de injurias contra los infames calumniadores
delpartido de Trampeta. El granuja de don Eugenio le dejó desahogar, yluego añadió:
—Aún hay más, más.
—¿Y qué más puede haber? ¿Dicen también que el señorito don Pedro sale arobar a los
caminos? ¡Canalla de incircuncisos ésos, sin más Dios ni másley que su panza!
—Aseguran que la noticia viene por persona de la misma casa.
—¿Eeeeh? Cargue el diablo con el viento.
—Que la noticia viene por persona de la misma casa de los Pazos.... ¿Yame entiende usted?—
Y don Eugenio guiñó el ojo.
—Ya entiendo, ya.... ¡Corazones de perro, lenguas de escorpión! Unaseñorita que es la
honradez en persona, de una familia tan buena, nodespreciando a nadie..., ¡y calumniarla, y para
más con un ordenado demisa! ¡Liberaluchos indecentes, de éstos de por aquí, que se venden
tresal cuarto! ¡Pero cómo está el mundo, Naya, cómo está el mundo!
—Pues también añaden....
—¡Caramelos! ¿Acabarás hoy? ¡Qué tormenta se prepara, María Santísima!¡Qué viento... qué
viento!
—Atiéndame, que esto no lo dicen ellos, sino Barbacana. Que esa personade la casa—
Primitivo, vamos—nos va a hacer una perrería gorda en laelección.
—¿Eeeh? ¿Tú seque chocheas? Para, mula, a ver si oigo mejor. ¿QuePrimitivo...?
—No es seguro, no es seguro, no es seguro—vociferó el abad de Naya, quese divertía más que
en un sainete.
—¡Por vida de lo que malgasto, que esto ya pasa de raya! Hazme el favorde no volverme loco,
¿eh?, que para eso bastante tengo con el vientomaldito. ¡No quiero oír, no quiero oír más!—
declaró esto en ocasión quesu montecristo se alzaba rápidamente a impulsos de una ráfaga
mayor, yse volvía todo hacia arriba, dejando al arcipreste como suelen pintar aVenus en la
concha. Así que logró remediar el percance, hizo trotar a sumula, y no se oyó en el camino más
voz que la del nordeste, que allá alo lejos, sacudiendo castañares y robledales, remedaba
majestuosasinfonía.
Amortiguada la primera impresión, no se atrevía Julián a interrogar aNucha sobre lo que había
visto. Hasta recelaba ir al cuarto de laseñorita. Algún fundamento tenía este recelo. Aunque de
 

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