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Despertó Julián cuando entraba de lleno en la habitación un sol de otoñodorado y apacible.
Mientras se vestía, examinaba la estancia con algúndetenimiento. Era vastísima, sin cielo raso;
alumbrábanla tres ventanasguarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas de vidrios
cuantoabastecidas de remiendos de papel pegados con obleas. Los muebles nopecaban de
suntuosos ni de abundantes, y en todos los rinconespermanecían señales evidentes de los hábitos
del último inquilino, hoyabad de Ulloa, y antes capellán del marqués: puntas de
cigarrosadheridas al piso, dos pares de botas inservibles en un rincón, sobre lamesa un paquete
de pólvora y en un poyo varios objetos cinegéticos,jaulas para codornices, gayolas, collares de
perros, una piel deconejo mal curtida y peor oliente. Amén de estas reliquias, entre lasvigas
pendían pálidas telarañas, y por todas partes descansabatranquilamente el polvo, enseñoreado allí
desde tiempo inmemorial.
Miraba Julián las huellas de la incuria de su antecesor, y sin quereracusarle, ni tratarle en sus
adentros de cochino, el caso es que tantaporquería y rusticidad le infundía grandes deseos de
primor y limpieza,una aspiración a la pulcritud en la vida como a la pureza en el alma.Julián
pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen la virtudespantadiza, con repulgos de monja y
pudores de doncella intacta. Nohabiéndose descosido jamás de las faldas de su madre sino para
asistir acátedra en el Seminario, sabía de la vida lo que enseñan los librospiadosos. Los demás
seminaristas le llamaban San Julián, añadiendo quesólo le faltaba la palomita en la mano.
Ignoraba cuándo pudo venirle lavocación; tal vez su madre, ama de llaves de los señores de la
Lage,mujer que pasaba por beatona, le empujó suavemente, desde la más tiernaedad, hacia la
Iglesia, y él se dejó llevar de buen grado. Lo cierto esque de niño jugaba a cantar misa, y de
grande no paró hasta conseguirlo.La continencia le fue fácil, casi insensible, por lo mismo que la
guardóincólume, pues sienten los moralistas que es más hacedero no pecar unavez que pecar una
sola. A Julián le ayudaba en su triunfo, amén de lagracia de Dios que él solicitaba muy de veras,
la endeblez de sutemperamento linfático-nervioso, puramente femenino, sin ardores nirebeldías,
propenso a la ternura, dulce y benigno como las propiasmalvas, pero no exento, en ocasiones, de
esas energías súbitas quetambién se observan en la mujer, el ser que posee menos fuerza en
estadonormal, y más cantidad de ella desarrolla en las crisis convulsivas.Julián, por su
compostura y hábitos de pulcritud-aprendidos de su madre,que le sahumaba toda la ropa con
espliego y le ponía entre cada par decalcetines una manzana camuesa—cogió fama de
seminarista pollo, máximecuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara. En efecto era
así,y a no mediar ciertas ideas de devota pudicicia, él extendería lasabluciones frecuentes al resto
del cuerpo, que procuraba traer lo másaseado posible.
El primer día de su estancia en los Pazos bien necesitaba chapuzarse unpoco, atendido el
polvo de la carretera que traía adherido a la piel;pero sin duda el actual abad de Ulloa
consideraba artículo de lujo losenseres de tocador, pues no vio Julián por allí más que una
palangana dehojalata, a la cual servía de palanganero el poyo. Ni jarra, ni tohalla,ni jabón, ni
cubo. Quedóse parado delante de la palangana, en mangas decamisa y sin saber qué hacer, hasta
que, convencido de la imposibilidadde refrescarse con agua, quiso al menos tomar un baño de
aire, y abrióla vidriera.
 

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