—No ha de haber nada de eso-exclamó el bullicioso párroco—. Mañana porla mañanita nos lo
llevamos con nosotros.... Se vuelve de allá pasadomañana temprano.
Toda resistencia hubiera sido inútil, y más en tal momento, cuando lajarana crecía y el vino
menguaba en los jarros. Julián sabía que aquellagente maleante y retozona era capaz de llevarlo
por fuerza, si se negabaa ir de grado.
Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dando diente con diente,caballero en la mansa
pollinita, y siendo blanco de las bromas de loscazadores, porque iba vestido de modo asaz
impropio para la ocasión, sinzamarra, ni polainas de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofensivas
odefensivas de ninguna especie. El día asomaba despejado y magnífico: enlas hierbas
resplandecían las cristalizaciones de la escarcha; la tierrase estremecía de frío y humeaba
levemente a la primera caricia del sol;el paso animado y gimnástico de los cazadores resonaba
militarmentesobre el terreno endurecido por la helada.
Desde el cazadero, adonde llegaron a cosa de las nueve, desparramáronsepor el monte. Julián,
no sabiendo qué hacer de su persona, quedósepegado a don Eugenio, y le vio realizar dos
proezas cinegéticas y meteren el morral dos pollitos de perdiz, tibios aún de la recién
arrancadavida. Es de advertir que don Eugenio no gozaba fama de diestro tirador,por lo cual, al
reunirse los cazadores a mediodía para comer en unrepuesto encinar, el párroco de Naya invocó
el testimonio de Julián paraque asegurase que se las había visto tirar al vuelo.
—¿Y qué es tirar al vuelo, don Julián?—le preguntaron todos.
Como el capellán se quedó parado al hacerle tan insidiosa pregunta,ocurrióseles a los
cazadores que sería cosa muy divertida darle a Juliánuna escopeta y un perro y que intentase
cazar algo. Quieras que noquieras, fue preciso conformarse. Se le destinó el Chonito,
perdigueroinfatigable, recastado, de hocico partido, el más ardiente y seguro decuantos canes
iban allí.
—En cuanto vea que el perro se para—explicábale don Eugenio al novelcazador, que apenas
sabía por dónde coger el arma mortífera—, se preparausted y le anima para que entre..., y al salir
las perdices, les apuntay hace fuego cuando se tiendan.... Si es la cosa más fácil del mundo....
Chonito caminaba con la nariz pegada al suelo, sus ijares se estremecíande impaciencia, de
cuando en cuando se volvía para cerciorarse de que leacompañaba el cazador. De pronto tomó el
trote hacia un matorral deu[r]ces, y repentinamente se quedó parado, en actitud escultural, tensoe
inmóvil como si lo hubiesen fundido en bronce para colocar en unzócalo.
—¡Ahora!—exclamó el de Naya—. Eh, Julián, mándele que entre....
—Entra, Chonito, entra—murmuró lánguidamente el capellán.

