Pasé seis años sin escribir novelas. Quise crearlas en la
realidad. Fuiun novelista de hechos y no de palabras.
Pero las vidas vuelven siempre a sus cauces antiguos, y
después de estosseis años de catalepsia literaria, en 1914,
pocos meses antes de la granguerra, reanudé en París mi
trabajo de novelista «de pluma y papel»,escribiendo Los
argonautas.
Jaime Febrer se levantó a las nueve de la mañana. Madó
Antonia, que lehabía visto nacer—servidora respetuosa de
las glorias de la familia—,movíase desde las ocho en la
habitación, para despertarle. Pareciéndoleescasa la luz que
penetraba por el montante de un amplio ventanal, abriólas
hojas de madera carcomida, desprovistas de vidrios. Luego
levantólas colgaduras de damasco rojo galoneadas de oro
que cubrían como unatienda de campaña el amplio lecho
majestuoso, en el que habían nacido,procreado y muerto
varias generaciones de Febrer.


