Febrer, al verse fuera de Palma, en plena campiña
primaveral, searrepintió de su vida presente. Llevaba un
año sin salir de la ciudad,pasando las tardes en los cafés del
Borne y las noches en la sala dejuego del Casino.
¡No ocurrírsele nunca asomar la cabeza fuera de Palma
para ver el campo,de un verde tierno, con sus acequias
susurrantes; el cielo, de suaveazul, en el que flotaban
islotes de blancos vellones; las colinas, de unverde obscuro,
con sus molinillos de viento braceando en la cumbre;
lassierras abruptas, de color de rosa, cerrando el fondo;
todo el paisajerisueño y rumoroso que había asombrado a
los navegantes antiguos,haciéndoles llamar a Mallorca la
isla Afortunada!... Cuando, gracias asu casamiento,
adquiriese una fortuna y pudiera rescatar el hermosopredio
de Son Febrer, pasaría en él la mayor parte del año, lo
mismoque sus ascendientes, haciendo la vida rústica y
benéfica de un granseñor, dadivoso y respetado. El
carruaje, a todo correr de sus doscaballos, rozaba y dejaba
atrás una fila de payeses que volvían de laciudad por el
borde del camino. Eran esbeltas mujeres morenas,
llevandosobre la trenza y el blanco rebocillo un ancho
sombrero de paja concintas colgantes y ramos de flores
silvestres; hombres vestidos de drilrayado—la llamada tela
mallorquína—, con fieltros echados atrás queparecían una
aureola negra o gris en torno de sus rostros afeitados.


