contestaban. El aullido delhombre se alejó, con incesantes
repeticiones, cada vez más remoto, másdébil, hundiéndose
en el misterio azul de la noche.
Apenas rompió el día, el Capellanet se presentó en la
torre.
Lo había oído todo. Su padre, que tenía el sueño fuerte,
no estaba talvez enterado a aquellas horas del suceso. Ya
podía ladrar el perro ysonar junto a la alquería tantos
disparos como en una guerra; el buenPep, cuando se
acostaba cansado de sus faenas diurnas, era insensiblecomo
un muerto. Los demás de la casa habían pasado una noche
deangustias. La madre, luego de varios intentos para
despertar a suesposo, sin conseguir otro éxito que palabras
incoherentes seguidas denuevos ronquidos, había rezado
hasta el amanecer por el alma del señorde la torre,
creyéndolo muerto. Margalida, que dormía cerca de
suhermano, le había llamado con voz queda y angustiosa al
oír los primerostiros. «¿Oyes, Pepet?...»
La pobre muchacha se había incorporado en la cama,
encendiendo elcandil; a su luz la había visto el atlot, con el
rostro pálido y unosojos de loca. Ella, tan pudorosa y
tímida, mostraba en su agitación losmayores secretos de su
desnudez, olvidada de todo, retorciéndose losbrazos,
llevándose las manos a la cabeza. «Habían matado a don
Jaime: selo anunciaba el corazón.» Y temblaba con el eco


