«¡Maldito presidiario!...» No sabía ciertamente el motivo
de su furia,pero era algo inevitable... A este «tío» le pegaría
él.
Llegó el invierno. El mar batió furioso, en ciertos días, la
cadena deislas y peñascos que forma entre Ibiza y
Formentera una muralla derocas, aportillada por estrechos
y freos. En estos pasadizos marítimos,las aguas, antes
tranquilas, de un azul profundo que refleja los fondosde
arena, arremolinábanse lívidas, chocando contra las costas
y lasrocas sueltas, que desaparecían y emergían en la
espuma.
Entre la isla del Espalmador y la de los Ahorcados, donde
se abre elpaso para los grandes buques, deslizábanse éstos
teniendo que luchar conel ímpetu sordo de las corrientes y
los dramáticos y ruidosos golpes deagua. Las
embarcaciones de Ibiza y Formentera tendían la lona de
suvelamen para navegar al abrigo de los islotes. Las
sinuosidades de estelaberinto de tierras marítimas permitían
a los navegantes delarchipiélago de las Pitiusas ir de una
isla a otra por distintosderroteros, con arreglo a la dirección
de los vientos. Mientras en unlado del archipiélago mugía
el mar, en el otro manteníase inmóvil yprofundo, con una
pesadez de aceite. En los freos amontonábanse las olascon
remolinos furiosos, pero bastaba un golpe de barra, una
desviaciónde la proa, para quedar al abrigo de una isla,


