jugueteaba con las puntas deldelantal, avergonzada como
una niña que se da cuenta de pronto de lasignificación de
su sexo y escucha el primer requiebro.
El domingo siguiente, Febrer fue por la mañana al
pueblo. El tíoVentolera no podía acompañarle al mar, pues
consideraba indispensable supresencia en la misa, para
responder con voz chillona a las palabras delsacerdote.
Falto de ocupación, Jaime emprendió la marcha hacia el
pueblo porsenderos de tierra roja que ensuciaba la blancura
de sus alpargatas. Erauno de los últimos días estivales. Las
alquerías de nítida blancuraparecían reflejar como espejos
el fuego de un sol africano. Zumbaban enel ambiente los
enjambres de insectos. En la sombra verdosa de
lashigueras, amplias, bajas y redondas, apoyadas en un
círculo de estacascomo un techo de verdura, caían los higos
abiertos por el calor,reventando en el suelo como enormes
gotas de azúcar purpúreo. Laschumberas alzaban sus muros
de pinchosas palas a ambos lados del camino,y entre sus
raíces polvorientas correteaban, medrosas y ebrias de
sol,pequeñas bestias ondeantes, de larga cola y verde
esmeralda.
Por entre la columnata negra y retorcida de los olivos y
los almendrosveíanse a lo lejos, siguiendo otros senderos,
grupos de payeses quetambién marchaban hacia el pueblo.
Delante iban las atlotas de trajedominguero, con pañuelos


