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Gatsby
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firmamento, hacia el Oeste, llameaba,semejante a un rastro de sangre, una ancha
banda roja. Sobre el fondodel cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la
de en mediopodían distinguirse siluetas humanas prosternadas.
La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.
Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovitcogió a
Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovitexperimentaba un
deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo ahablar del dolor que había
tenido. Así, charlando, caminaban Gólgotaabajo. Ben-Tovit, animado por las
exclamaciones de compasión queprofería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro
una expresión desufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras
delas profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía laobscura
noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimenque se acababa de
cometer sobre la tierra.
UN HOMBRE ORIGINAL
Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo delas
conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogadode los pasos de los
criados, que traían y llevaban los platos, alguiendeclaró con voz dulce y tranquila:
—¡A mi me encantan las negras!
Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copade vodka que se
llevaba a los labios; un criado dirigió al que habíapronunciado tales palabras una
mirada de asombro; todos volvieron lacabeza para ver quién había dicho aquella cosa
extraña. Y todo el mundovio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la
cabecitacuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.
Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los díasle daban la
mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban;todos los meses, después de
cobrar, comían con él, como aquel día, en unrestorán, y, no obstante, se les antojaba
que aquel día lo veían porprimera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza.
Observaron que no erafeo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas,
semejantes alas salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron
tambiénque no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.
El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro enKotelnikov, dijo:
—Pero Semen...
 
 

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