El alemán, al escuchar su proposición, se irguió con orgullo.
No; cadauno á lo suyo. Cada cual que viviese en su esfera. El
queríaestablecerse en Europa, disponiendo libremente de los
bienes. Necesitabavolver á «su mundo».
Desnoyers le miró frente á frente, viendo á un Karl
desconocido, un Karlcuya existencia no había sospechado nunca
cuando vivía bajo suprotección, tímido y servil. También el
francés creyó contemplar lo quele rodeaba bajo una nueva luz.
—Está bien—dijo—. Cada uno que se lleve lo suyo. Me
parece justo.
La «sucesión Madariaga»—como decían en su lenguaje los
hombres de leyinteresados en prolongarla para aumento de su
cuenta dehonorarios—quedó dividida en dos grupos separados
por el mar. LosDesnoyers se establecieron en Buenos Aires. Los
Hartrott se trasladaroná Berlín luego que Karl hubo vendido
todos los bienes, para emplear elproducto en empresas
industriales y tierras de su país.
Desnoyers no quiso seguir viviendo en el campo. Veinte años
había sidoel jefe de una enorme explotación agrícola y ganadera,
mandando ácentenares de hombres en varias estancias. Ahora el
radio de suautoridad se había restringido considerablemente al
parcelarse lafortuna del viejo con la parte de Elena y los
numerosos legados. Leencolerizaba ver establecidos en las
tierras inmediatas á variosextranjeros, casi todos alemanes, que
las habían comprado á Karl.Además, se hacía viejo, la fortuna
de su mujer representaba unos veintemillones de pesos, y su
