Rondó con irresistible curiosidad por las inmediaciones del
despacho,esperando oir algo. Pero su espera no fué larga.
De repente, un grito... un alarido... una voz como sólo puede
emitirlaun cuerpo al que se le escapan las fuerzas.
Y doña Luisa entró á tiempo para sostener á su marido, que se
venía alsuelo.
El senador se excusaba, confuso, ante los muebles, ante las
paredes,volviendo la espalda en su aturdimiento al cabizbajo
René, que era elúnico que podía oirle.
—No me ha dejado terminar... Ha adivinado desde la primera
palabra...
Chichí se presentó, atraída por el grito, para ver cómo su padre
seescapaba de los brazos de su esposa, cayendo en un sofá,
rodando luegopor el suelo, con los ojos vidriosos y salientes,
con la boca contraída,llorando espuma.
Un lamento se extendió por las lujosas habitaciones, un
quejido, siempreel mismo, que pasaba por debajo de las puertas
hasta la escaleramajestuosa y solitaria:
—¡Oh, Julio!... ¡Oh, hijo mío!...
Iba avanzando el automóvil lentamente, bajo el cielo lívido de
unamañana de invierno.
Temblaba el suelo á lo lejos con blancas palpitaciones,
semejantes alaleteo de una banda de mariposas posada en los
